Destruir la economía y salvarla
Destruir la economía y salvarla
Solo queda Europa, donde el derecho está mejor garantizado y se respeta más que en Estados Unidos
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Desde que Donald Trump asumió el poder asistimos a una destrucción sistemática de la economía mundial. Todo comenzó con la proliferación de aranceles absurdos y variables. Desde el inicio de la guerra contra Irán, se han sumado el estrangulamiento de las vías de comunicación y ... la incertidumbre en la producción energética. Pero lo más grave a largo plazo no son los aranceles ni el cierre del estrecho de Ormuz, sino la pérdida de confianza en la estrategia económica de Estados Unidos y en el valor del dólar. Esto merece algunas explicaciones para no ser acusado de parcialidad a favor o en contra de Trump. Al contrario, me parece que su presidencia nos da una lección sobre el funcionamiento real de la economía.
Repasemos todo desde el principio: la economía y, en particular, el capitalismo se basan en un principio sencillo, la confianza. Si nos remontamos a sus orígenes, hacia el siglo XII, en la zona de Génova, observamos que las primeras empresas y aventuras comerciales internacionales eran familiares, ya que dentro de la familia reinaba la confianza. Poco a poco, el capitalismo traspasó el círculo familiar gracias a documentos certificados, como los primeros cheques, por ejemplo, que ampliaban el concepto de confianza más allá de la familia. Sin confianza no hay intercambio posible. Ya sea que compremos una botella de leche o un automóvil, suponemos que la marca de estos productos nos da garantías. Si depositamos nuestro dinero en un banco, si firmamos un cheque o utilizamos una tarjeta de crédito, también confiamos en que nuestros ingresos y gastos sean respetados, sin siquiera plantearnos la cuestión de la fiabilidad de nuestros interlocutores e intermediarios. La confianza es el oxígeno de la economía.
¿Quién garantiza la confianza? En primer lugar, las propias empresas, al demostrar la fiabilidad de su marca. Y los Estados, que garantizan el respeto del derecho de propiedad, de las leyes y del valor de la moneda. Este mecanismo invisible, interiorizado en cada uno de nosotros, es el oxígeno que hace circular los servicios y los bienes, antes a escala europea, hoy mundial. Toda la economía se ha globalizado, como lo demuestran de manera negativa los efectos de la guerra contra Irán. En círculos concéntricos, estos efectos alcanzan los engranajes de las economías locales. Por muy liberal que se sea, es importante admitir que sin un Estado fiable no reina la confianza: una economía capitalista no puede funcionar sin Estado. El debate entre liberales e iliberales ya no gira en torno a la necesidad del Estado, sino a su alcance. Sin embargo, todo este edificio se ve socavado por un solo hombre, Donald Trump, quien, paradójicamente, parecía un empresario avispado. Hoy resulta ser la principal amenaza para la economía. Si volvemos a los aranceles, no son estos los que amenazan el comercio, sino su carácter impredecible, ya que Trump no deja de modificarlos. Ahora bien, los empresarios no solo necesitan confiar en el Estado, sino planificar a largo plazo. Aparte de la confianza, el otro pilar de la economía es el tiempo: toda inversión se inscribe en el largo plazo. Si el comportamiento impredecible de los gobernantes reduce a la nada esa perspectiva de futuro, la inversión y el ahorro se vuelven imposibles. Esa es la situación en la que nos ha sumido el Gobierno de EE.UU.
Tras los aranceles aduaneros y su carácter impredecible, se teme que el dólar sufra los mismos vaivenes. Sin embargo, no hay capitalismo mundial sin una moneda mundial y esta, desde 1945, es el dólar, cuya estabilidad está garantizada por la independencia de la Reserva Federal. En el momento en que el presidente de Estados Unidos pone en tela de juicio la independencia de este banco, el dólar se convierte en una moneda frágil y aleatoria. Esto hará que los intercambios sean peligrosos. ¿Deberíamos volver a la economía del trueque en una época en la que ninguna moneda goza de una confianza generalizada? Es a esta situación a la que nos estamos acercando.
La guerra contra Irán no es, por tanto, la causa principal de la previsible crisis de la economía mundial, pero añade un riesgo adicional: la inflación. La verdadera amenaza radica más bien en lo que hemos mencionado antes: la pérdida de confianza, la erosión de una moneda reconocida a nivel mundial y la imposibilidad de garantizar la sostenibilidad a largo plazo. Todo lo que aquí exponemos no es ninguna revelación: cualquiera de mis alumnos de primer curso de Ciencias Económicas sería capaz de decir lo mismo. El carácter excepcional de la situación no radica en una revelación, sino en una demostración de lo que se sabe en economía y de lo que parece haberse olvidado.
¿Se pueden extraer lecciones de esta experiencia negativa? La primera, conocida pero no interiorizada, es que toda economía es global. El más mínimo acto de consumo en un mercado local, a través de ramificaciones sucesivas, recurre a ingredientes procedentes de todos los continentes. Esta realidad deja en ridículo los discursos nacionalistas que pretenden privilegiar las compras locales y prohibir las importaciones. A continuación, ¿cómo restablecer la confianza y la sostenibilidad? Dado que Estados Unidos se ha convertido en el gestor irresponsable de la economía mundial, queda por desplazar el polo de esta economía. Dos alternativas posibles: la UE o China. A pesar de sus esfuerzos y ambiciones, China no logra imponer su moneda en lugar del dólar porque su régimen es un gigante con pies de barro. No se puede apostar por la longevidad del poder comunista en China, cuya historia está salpicada de revoluciones. Solo queda Europa, donde el Derecho está mejor garantizado y se respeta más que en EE.UU. Y queda el euro, cuya evolución inspira confianza y sería la única alternativa al dólar. Pero para ello sería necesario que todos los gobiernos y la opinión pública de la Unión Europea lo comprendieran y respetaran la independencia del Banco de Fráncfort y la legitimidad de la Comisión Europea. Aún no hemos llegado a ese punto. Pero conviene dar un gran paso hacia él, dada la fragilidad institucional de Estados Unidos, que parece haber llegado para quedarse. Durará tanto como Trump y, me temo, incluso más que él mismo. La guerra en Irán, por cruel y quizás inútil que sea, no es –después de Ucrania– más que un momento revelador de una profunda evolución. Este seísmo está acabando con el papel clave de Estados Unidos como garante militar de nuestra seguridad y de nuestra prosperidad. Ha llegado la hora de Europa, aunque la mayoría de los europeos no se den cuenta.
