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El mercado de la tristeza

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24.03.2026

El mercado de la tristeza

La autoficción contemporánea se ha convertido en una suerte de mercado de la tragedia en el que los creadores pujan con sus traumas

Escucha el artículo. 2 min

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La Conquista: qué escándalo

A estas alturas de la historia me da vergüenza decir que nunca he ido al psicólogo. Fue cuando escuché:

—Si tiene más de treinta y no ha ido a terapia, no te lo folles.

—Total, aquí se viene tratado de casa—, dijo otra ... amiga.

Al estigma de la enfermedad mental le ha seguido el de la salud mental: hoy se mira con sospecha a quien no se trata, como si escondiera algo turbio en la sonrisa o en la nevera llena. Te lo preguntan así: «Ah, ¿pero nunca has ido?» Y a la sospecha a veces le sigue la lástima que se tiene por quien se está perdiendo algo bueno o simplemente no puede permitírselo.

Yo noto que se habla de esto con más sofisticación que verdad. De hecho, de la terapia no se habla tanto como se presume: presumes de tus demonios, de tu complejidad, de tu noche, de todo eso que no encaja y luchar por encajar, en un esfuerzo titánico contra la gravedad de estar vivos. Ha vuelto, así, aquel viejo prestigio de la tristeza, que asume que la felicidad es de ignorantes. Más que normalizarse, el problema de la salud mental se ha sublimado.

Pensaba esto viendo lo nuevo de Almodóvar, 'Amarga Navidad', donde todos los personajes tienen la mirada perdida y saben cuál es la pastilla que tienes que ponerte debajo de la lengua para superar un ataque de pánico o una mala racha. Y siempre tienen un blíster para las emergencias. Son ricos, son guapos, van a fiestas, viven en pisos decorados con mucho gusto, pero son infelices y están como cansados de la existencia, aunque no de ellos mismos.

En un momento de la película, sublime, Bárbara Lennie y Victoria Luengo lloran juntas mientras escuchan la última grabación que Chavela Vargas hizo de 'La llorona': lloran con 'La llorona', sí. La escena me recordó a 'La sátira del suicidio romántico', aquel cuadro de Leonardo Alenza en el que vemos a un hombre en batín tirándose por un acantilado mientras intenta clavarse un puñal en el pecho: en esa risa caben buena parte de los vicios de la autoficción contemporánea, que se ha convertido en una suerte de mercado de la tragedia en la que los creadores pujan con sus traumas. Vale cualquier cosa: la muerte de la madre, el suicidio del padre, una violación, un asesinato, una desaparición, una enfermedad de transmisión sexual, o varias, una mudanza, una depresión, postparto o no, una ruptura, un divorcio… Yo he visto a gente que ha dejado de sonreír para entrar en el negocio de la tristeza, y no le ha ido mal, aunque no se le note en el rostro.

—¿Y eso de la autoficción qué es, entonces?

—Consiste en contar tus cosas para después pedirle a Antonio Banderas que las interprete. O a Leonardo Sbaraglia. O a Bárbara Lennie.

—¿Y tienes que dejar de sonreír?

—Solo cuando estás de promo.


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