Elogio del imbécil conectado
Elogio del imbécil conectado
X es un carnaval permanente. Un desfile de egos disfrazados, donde el anonimato actúa como máscara que permite al más gris sentirse espadachín y al más necio creerse oráculo
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Tengo comprobado que una persona que utiliza X no es la misma persona cuando no utiliza X. De hecho, se podría decir que en X se disfrazan. No sé muy bien qué es lo que pasa cuando el dedo abre la aplicación en su pantalla, ... pero generalmente se vuelve mucho más gilipollas. Aunque puede que esa sea precisamente la esencia del carácter del usuario, que encuentra en el pajarito, hoy reconvertido en equis, la coartada perfecta para mostrarse tal cual es sin las incomodidades de la decencia. Es como si al abrir ese mundo virtual de enlaces y comentarios, el otrora llamado tuitero medio dejara de serlo para convertirse en activista de la broma fácil y el oportunismo de corral. Una especie de miliciano del ingenio pobre, siempre dispuesto a empuñar el sarcasmo de saldo y disparar contra cualquier cosa que se mueva, o que simplemente respire.
Una persona normal e informada comenta las noticias de una manera normal e informada, excepto si se trata de hacerlo en el muro de X. Entonces, esa persona que aparentemente era cordial, objetiva e incluso irónicamente entretenida, se vuelve un verdadero cretino. Aparece entonces el típico graciosín que se dedica a comentar sobre los enlaces, a dictaminar sentencias como juez supremo del tribunal del Frente Popular, e incluso a ridiculizar con zascas todo aquello de lo que, en realidad, no tendría agallas de decirle a la cara a quién critica.
Porque X está lleno de cobardes. Aunque a mí me divierte comprobar cómo de imbéciles son algunos de mi gremio que luego me topo por ahí en saraos, donde cambian el teclado por la sonrisa untuosa y la valentía digital por un apretón de manos blandengue, de esos que piden disculpas sin abrir la boca. Esos que en la pantalla son leones desdentados y en el canapé se tornan en dóciles corderitos de conversación inofensiva sobre el tiempo mientras explotan su agenda de contactos para seguir trepando por la pared de la indecencia.
X es un carnaval permanente. Un desfile de egos disfrazados, donde el anonimato –real o impostado– actúa como máscara veneciana que permite al más gris sentirse espadachín y al más necio creerse oráculo. Allí todo el mundo opina, sentencia, condena y absuelve con la ligereza del que no tiene nada que perder salvo el ridículo, que, por cierto, se pierde con una facilidad pasmosa. Lo fascinante del asunto es que muchos de esos gladiadores del comentario breve luego reclaman respeto, rigor y altura de miras cuando se bajan del escenario digital.
En fin, que cada vez estoy más convencido de que X no saca lo peor de la gente. No. X simplemente lo pone en bandeja. Porque, al fin y al cabo, ser un poco miserable desde el sofá resulta infinitamente más cómodo que intentar ser decente en la vida real. X más que una red social es un espejo. Y no todo el mundo soporta lo que ve.
