La red social que expulsó la conciencia crítica
Aterra pensar en el futuro que le espera a una sociedad pintada solo a brochazos. Pero la veloz y abreviada manera de consumo de la información -y pseudoinformación- en la era de las redes sociales nos está arrastrando a la celebración de la demagogia. Así los referentes públicos se han ido devaluando y nos hemos adentrado en la edad de oro de los bocachanclas. Decir barbaridades ya no castiga a las personas. Al contrario, las promociona. Y mucho.
Porque los algoritmos premian el conflicto. Impacta. Irrita. No crea indiferencia, a los que indigna y a los que convence. Y los medios de comunicación se contagian, ya que el titular polémico se mueve mejor en redes sociales que aquel que aporta y contextualiza. Es la pescadilla tuitera que se muerde la cola y consigue que todos nos enteremos de que se la ha mordido.
Resultado: la gente más sensata se termina marchando de X. Aunque sean sabios expertos en la materia, se autocensuran: temen la desagradable idea de ser vilipendiados por el mero hecho de intentar argumentar desde el detalle cotejado que marca la distinción. El razonamiento sereno queda pisoteado por los excitados de la verdad absoluta. Como si eso existiera. Como si la vida no fuera la conversación entre matices, contradicciones y dudas. Las grandes certezas siempre vienen después de un buen ramillete de dudas.
Un modus operandi que hace fuertes a aquellos que buscan rentabilizar el enfrentamiento social. Lo saben, y lo explotan. A través de la táctica del frentismo más simple ponen en la agenda pública temas que ya ni siquiera lo estaban. Y se da alas a los discursos de odio y retroceso. Y Twitter/X nos hace creer que son más mayoritarios de lo que son.
La estupenda herramienta que eran las redes para aprender y enriquecernos de la diferencia y la diversidad se ha ido transformando en un parapeto de autoafirmación. Un vertedero de toxicidad, muchas veces desde la seguridad cobarde del anonimato. Un espejo resquebrajado de la realidad pero que en ocasiones nos engaña y nos parece real. Cuando eso ocurre, bastaría con pensar que el viejo Twitter es ese lugar donde el grito más intrascendente se siente referente. Y ya estaría.
