El Sorolla de Andrés Hurtado y nuestros propios prejuicios
La aparición de la obra extraviada de Sorolla ha sido un buen detector de nuestros propios prejuicios. Ya solo cuando conocimos a Andrés Hurtado desconfiamos. No creíamos que hubiera cogido tal pintura de la basura porque le gustó el marco. Nos sonó a excusa de la picaresca nacional. Pero, de repente, nos percatamos de su acento murciano. Y la mirada se nos levantó. Así es cómo contemplamos su salón repleto de molduras, cajones entreabiertos, unos pajaritos de porcelana besándose, bobinas de hilos de colores, las llaves del Seat y busto con sostén. Ahí, hecho centro del bodegón, estaba el Sorolla, sobre una tabla de planchar convertida en podium de arte. Y qué arte.
Aunque faltaba otro giro de guion para azuzar la sonrisa de los prejuicios cañís. El hombre de camisa de tirantes con........
