A buen juez, mejor testigo
Una de las figuras excelsas del Romanticismo literario español es el poeta y dramaturgo José Zorrilla y Moral (1817-1893), autor del drama Don Juan Tenorio, obra por la cual es más conocido. Pero también tejió A buen juez, mejor testigo (1838), poema en versos octosílabos, inspirado en una hermosa leyenda toledana de inicios de 1600, en la que, envuelta en una atmósfera mística, narra una historia de honor, traición y justicia divina, producto de una promesa incumplida.
La trama sigue a Inés de Vargas, una noble doncella, y al caballero Diego Martínez. Diego, antes de partir a la guerra en Flandes, le jura a Inés ante la imagen del Cristo de la Vega que regresará para casarse con ella. Pasan tres años y Diego vuelve convertido en capitán, pero con el éxito ha llegado la soberbia: niega su promesa y rechaza a Inés, alegando que no existen testigos de tal compromiso.
Desesperada, Inés, “rojos de llorar los ojos, ronca de gemir la voz”, recurre ante la justicia. Pedro Ruiz de Alarcón, magistrado valiente que tiene mutilado un brazo, “más entero el corazón”, es abordado por la afligida y, ante el estupor de los presentes, don Pedro la interroga sobre su clamor, en el que ella responde que su corazón ha sido hurtado. La autoridad indaga si tiene testigos, y la doncella dice que no, pero sí una promesa. Mientras la interpelaba, entró a la sala Diego con arrogante mirada, negando los hechos. Instado a quemarropa por Inés, alega que sí tenía un testigo: el Cristo de la Vega, a cuya faz perjuró. Don Pedro entonces sentenció: “La ley es ley para todos;/tu testigo es el mejor;/más para tales testigos/no hay más tribunal que Dios”.
Así es que la corte se traslada a la ermita y, ante la pregunta del escribano sobre la promesa de boda hecha, la imagen del Cristo baja su mano derecha, la posa sobre los autos del juicio y pronuncia un “¡Sí, juro!” lapidario. El prodigio deja a todos mudos.El colofón poético discurre sobre “Las vanidades del mundo/renunció allí mismo Inés, y espantado de sí propio, Diego Martínez también. Los escribanos, temblando, dieron de esta escena fe,/firmando como testigos cuantos hubieron poder. Fundóse un aniversario y una capilla con él, y don Pedro de Alarcón el altar ordenó hacer, donde hasta el tiempo que corre, y en cada año una vez, con la mano desclavada el crucifijo se ve ”.
