Cuando la solidaridad se omite: el espectador que también responde
La escena se repite con una frecuencia que ya no sorprende, pero que debería incomodar mucho más. Una persona es agredida, cae al suelo, pide ayuda o queda expuesta a un peligro evidente, y alrededor no aparecen gestos de auxilio sino miradas expectantes. Todos están ahí, todos ven lo que ocurre, pero casi nadie hace algo. Después, cuando la situación escala o termina en una consecuencia grave, surge la frase que pretende cerrar cualquier reproche: “yo no hice nada”. Y es ahí donde aparece la pregunta que atraviesa esta columna: ¿no hacer nada, pudiendo hacer, cuando el otro está en peligro, es realmente una conducta neutral?
Vivimos en una sociedad que ha aprendido a convivir con el dolor ajeno desde la distancia. Presenciar una agresión ya no implica necesariamente involucrarse. La violencia se observa, se comenta, se registra, pero rara vez se enfrenta. Esa pasividad suele justificarse con argumentos que suenan razonables: “no me quería meter”, “no era asunto mío”, “alguien más ayudaría”. Sin embargo, detrás de esas frases hay una renuncia silenciosa a un principio básico de la vida en comunidad: la solidaridad. No la solidaridad abstracta o moralizante, sino la solidaridad........
