México lindo y querido
México fue dos veces un altar. Primero en 1970 y luego en 1986. Dos veranos separados por dieciséis años, pero unidos por una misma liturgia: el fútbol convertido en arte. Allí, bajo el sol espeso del Distrito Federal, en las tardes eternas del estadio Azteca y en la respiración agitada de la altura mexicana, dos hombres dejaron de ser futbolistas para convertirse en leyenda. Uno se llamaba Edson Arantes do Nascimento. El otro, Diego Armando Maradona. Pelé llegó a México 70 como los emperadores llegan a sus últimas batallas: cargando gloria, cicatrices y la sospecha de que el tiempo ya empieza a pasar factura. Tenía 29 años, tres mundiales encima y un equipo que todavía bailaba samba con la pelota. Brasil: un equipo imposible de olvidar; Jairzinho, Tostão, Gérson, Rivellino y Carlos Alberto. Pero el centro del universo seguía siendo él.
Pelé no corría desesperadamente, ¡flotaba! Parecía tener un segundo más que los demás para pensar. Un segundo que en el fútbol equivale a la eternidad. Su actuación en México no fue únicamente la de un........
