Columna de Rita Cox/ Palomas: asco, pero con respeto
En Moneda, la calle donde trabajé hace unos años, y a pocos pasos de una casa en la que viví cerca del Apumanque, recuerdo de manera imborrable a dos hombres, distintos entre sí, que alimentaban palomas, cada uno a su manera y cada día. Solitarios y fieles en su quehacer.
Si alguno de ellos viviera en Concepción, hoy arriesgaría una multa de hasta 1 UTM, más de 70 mil pesos, por hacerlo. El municipio prohíbe desde esta semana alimentar palomas en la Plaza de la Independencia, como parte de la campaña “No Alimentar Palomas”. El alcalde Héctor Muñoz explicó que la ordenanza existe desde 2024, pero recién ahora se fiscaliza, por la propagación de enfermedades que transmitirían estas aves. La veterinaria Tania Grant, académica de la Facultad de Medicina UCSC, detalló a Radio Bío-Bío una lista larga: psitacosis, salmonelosis, criptococosis, histoplasmosis, ácaros que producen dermatitis.
Lo digo con remordimiento: las palomas me dan asco y miedo. Asco tocar una, o de que me defequen encima; miedo a que me ataquen como los pájaros de Hitchcock; y culpa de ningunearlas con nombres como “ratas con alas”, “ratones voladoras”, “ratas del cielo” o “plaga alada”, como se les dice. La contradicción no me pertenece solo a mí. Un amor-odio parecido al que enfrentan los plátanos orientales, y que ha sido documentado durante años, por ejemplo, por la revista National Geographic, que tiene al menos cuatro reportajes capitulares que coinciden en su tesis: las palomas no invadieron las ciudades; fueron las ciudades las que las crearon. Y no todos coinciden en que sean tan peligrosas.
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