Cuidado con los “productos milagro”
Recientemente un medio online de alcance nacional dio a conocer una noticia que alertaba sobre los riesgos cardiovasculares de suplementos alimenticios y algunos productos alterados que podrían comprometer la salud.
En una cultura donde la inmediatez y la promesa de resultados rápidos parecen dominar la conversación pública, los llamados “productos milagro”, que pretenden hacer magia para resolver una gran diversidad de problemas y expectativas, han ido ganando espacio en las pautas publicitarias. Muchos de ellos con grandes inversiones en medios, sin embargo, junto con su popularidad, también aumentan los riesgos asociados a la desinformación y a expectativas poco realistas que pueden afectar directamente la salud de las personas.
Como Consejo de Autorregulación y Ética Publicitaria, creemos firmemente que la publicidad responsable no solo es posible, sino necesaria. Las marcas comprometidas con la ética comprenden que su comunicación debe ajustarse a principios claros que protejan a los consumidores, evitando exageraciones, omisiones o mensajes que puedan inducir a error.
En este sentido, el Código Chileno de Ética Publicitaria establece criterios especialmente relevantes para este tipo de productos. El artículo 25° advierte que no se debe sugerir que un producto es seguro o efectivo simplemente por ser “natural”, una práctica que, lamentablemente, sigue siendo frecuente. Lo “natural” no es sinónimo de inocuo, y presentar esa idea como argumento publicitario puede llevar a decisiones de consumo mal informadas.
Asimismo, el artículo 8° es categórico al señalar que no deben prometerse beneficios universales ni resultados garantizados. El organismo de cada persona reacciona de manera distinta, y afirmar que un producto es “absolutamente seguro” o “libre de efectos secundarios” no solo es incorrecto, sino potencialmente riesgoso.
Los principios de la ética en comunicación publicitaria son claros al establecer que las marcas deben entregar libre acceso a la comprobabilidad de su origen y funcionamiento, así como evidencia de lo que se promete en la publicidad. Además la información debe ser confiable, honesta y no engañosa, reflejando lo que el producto realmente es.
En una época donde se cuenta con acceso a información como nunca antes hubo en la historia, los consumidores también cuentan con posibilidades mayores de contrastar datos, corroborando la real sintonía entre promesa y realidad.
El llamado es claro: los compradores, los usuarios finales de estos productos, deben también experimentar un cambio cultural, adoptando un rol activo y crítico frente a la publicidad. Antes de adquirir un suplemento alimenticio, un rejuvenecedor, un quemador de grasa o hasta un producto para corregir imperfecciones de la piel, es fundamental revisar su composición, verificar su autorización sanitaria y desconfiar de mensajes que prometen resultados rápidos, sin esfuerzo o sin riesgos.
La autorregulación funciona cuando existe un compromiso compartido. Las empresas deben cumplir con estándares éticos exigentes, pero también es clave que las personas se informen, pregunten y contrasten la información que reciben.
Una publicidad responsable no solo construye confianza: también contribuye al bienestar de la sociedad. Y en materias que involucran la salud, esa responsabilidad es, simplemente, ineludible.
