Boric y la ceremonia del adiós: el final de una ilusión generacional
Hay momentos en que el poder se termina antes de que el gobierno concluya. Los últimos días de la administración de Gabriel Boric parecen confirmar esa regla no escrita de la política. A pocos días del traspaso de mando, la tensión abierta con el presidente electo José Antonio Kast ha terminado por teñir de aspereza lo que, en teoría, debería ser el ritual sobrio de la alternancia democrática: la ceremonia del adiós.
El fin de un gobierno no es solo un hito administrativo; es, ante todo, un momento de verdad política. Carlos Matus lo retrata con fuerza en las primeras páginas de Adiós, señor presidente. Allí describe el último día de un mandatario que deja el poder entre el bullicio de la ceremonia, la euforia popular y la soledad íntima del que advierte, demasiado tarde, la distancia entre lo prometido y lo realizado. La escena es festiva y cruel a la vez: “Es fiesta, es castigo, es premio y también una borrachera de esperanzas”. La ceremonia del adiós sintetiza así la ambivalencia radical de la política democrática: celebración de la alternancia y juicio público del desempeño.
En esa escena inicial, el presidente constata que la rutina desplazó su voluntad creativa, que perdió la sensación de conducir y que la realidad lo llevó hacia resultados que él no había escogido. El tiempo, al comienzo lento, “galopó hasta el vértigo hacia el final”. La ceremonia del adiós es entonces el instante en que el gobernante advierte que........
