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El tricolor: un viaje de sangre, mar y tierra, por Rafael A. Sanabria M.

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12.03.2026

El tricolor: un viaje de sangre, mar y tierra, por Rafael A. Sanabria M.

Correo: [email protected]

Durante décadas, el eco de las voces en las aulas venezolanas repetía con una certeza institucionalizada que cada 12 de marzo se celebraba el Día de la Bandera.

Generaciones de estudiantes crecimos con la imagen de Francisco de Miranda izando el tricolor en el puerto haitiano de Jacmel; era el bautizo de una idea, el nacimiento de un sueño de libertad que encontraba cobijo en la solidaridad internacional.

Aquel decreto de 1963, bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, fijó en nuestra memoria colectiva que el origen del símbolo patrio estaba en el mar, en ese bergantín Leander que portaba la esperanza de un continente. Era la celebración de la génesis, del pensamiento mirandino hecho colores antes de enfrentar la tormenta.

Sin embargo, la historia es un cuerpo vivo que exige ser mirado en toda su extensión. En el año 2006, un nuevo decreto trasladó la festividad al 3 de agosto, buscando nacionalizar el orgullo patrio al conmemorar el momento en que Miranda finalmente plantó el pabellón en la Vela de Coro.

Se argumentó que la bandera debía celebrarse cuando sus colores besaron por primera vez el suelo firme de la patria soberana. Pero entre el muelle de Haití y los vientos de Falcón, existe un hito de valor incalculable que la narrativa oficial suele omitir y que late con fuerza en la memoria de los aragüeños: el 27 de abril.

Es un acto de estricta justicia histórica otorgarle al 27 de abril el sitial de honor que le corresponde. Si el criterio para celebrar nuestra bandera es su encuentro con el territorio nacional, debemos reconocer que mucho antes de Coro, primero fue Aragua.

Es un acto de estricta justicia histórica otorgarle al 27 de abril el sitial de honor que le corresponde. Si el criterio para celebrar nuestra bandera es su encuentro con el territorio nacional, debemos reconocer que mucho antes de Coro, primero fue Aragua.

Aquel 27 de abril de 1806, las costas de Ocumare se convirtieron en el primer escenario donde el tricolor reclamó su derecho a existir en esta tierra. No fue un acto de gala, sino un bautismo de fuego, dolor y sacrificio.

En esas aguas, la expedición de Miranda enfrentó la furia realista, resultando en la captura de las goletas Bee y Bacchus y el posterior martirio de sesenta expedicionarios.

La bandera ondeó frente a nuestras playas aragüeñas bajo el estruendo de los cañones, teñida prematuramente con la sangre de quienes se atrevieron a ser libres antes de tiempo. ¿No es acaso este primer contacto, aunque marcado por el revés militar, el verdadero inicio de nuestra gesta en suelo patrio?

Reconocer la importancia de cada fecha no le quita mérito a ninguna; al contrario, le otorga una profundidad humana a nuestra simbología. El 12 de marzo nos habla de la visión; el 3 de agosto nos habla del logro y la perseverancia; pero el 27 de abril nos habla del costo real de la independencia y de la valentía de un Miranda que, tras ser derrotado en Aragua, no se rindió hasta triunfar en Coro.

Este recorrido nos obliga a cuestionar la rigidez de los calendarios frente a la fluidez de la epopeya. La bandera no es solo una tela que ondea al viento; es una travesía que necesitó de la idea en el extranjero, del sacrificio en Aragua y de la victoria en Falcón para ser lo que es hoy.

Este recorrido nos obliga a cuestionar la rigidez de los calendarios frente a la fluidez de la epopeya. La bandera no es solo una tela que ondea al viento; es una travesía que necesitó de la idea en el extranjero, del sacrificio en Aragua y de la victoria en Falcón para ser lo que es hoy.

Al silenciar el 27 de abril, silenciamos el esfuerzo de los que cayeron en el primer intento, aquellos que vieron el tricolor recortado contra el cielo de Ocumare antes que nadie.

Si la bandera es el alma de la nación proyectada en colores, ¿por qué insistimos en celebrar solo el éxito final, olvidando que el primer abrazo entre el símbolo y la patria ocurrió entre el fuego y el sacrificio de las costas aragüeñas?

*Lea también: Casos sin resolver, por Aglaya Kinzbruner

¿Seremos capaces de redimir la memoria del 27 de abril para que la justicia histórica complete finalmente nuestro rompecabezas de identidad?

Rafael Antonio Sanabria Martínez es profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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