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Leonardo Azparren, por Alejandro Oropeza G.

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21.02.2026

Leonardo Azparren, por Alejandro Oropeza G.

«Es muy cruel no poder decirle adiós a nuestros afectos.»

Corina Yoris, conversación del 13 de febrero de 2026.

Se me queda servido un whisky en el vaso del tiempo. No es una alegoría traída al acaso, es un gesto detenido y casi fracasado con innumerables aristas: una conversación inconclusa, una risa que no alcanzó a mostrarse del todo que persigue convertirse en ecos andando por encima de las sombras.

En la quietud espesa y transparente del vaso suspendido se queda también tu nombre, Leonardo Azparren, flotando en una confidencia que se resiste a caer. Adiós… adiós, amigo del alma. Me harás falta.

La muerte tiene la costumbre brutal de convertir en memoria lo que aún sentíamos presente, y no le importa ni el tiempo ni la distancia. Ayer eras llamada pendiente, proyecto en curso, cita a satisfacer con regocijo, allá al pie de la montaña. Hoy eres evocación, recuento, gratitud herida.

La muerte tiene la costumbre brutal de convertir en memoria lo que aún sentíamos presente, y no le importa ni el tiempo ni la distancia. Ayer eras llamada pendiente, proyecto en curso, cita a satisfacer con regocijo, allá al pie de la montaña. Hoy eres evocación, recuento, gratitud herida.

Y, sin embargo, hay personas cuya partida no logra clausurar su presencia. La tuya, Leonardo, es de esas que se expanden. No te reduces al dato biográfico ni a la cronología de los años; te prolongas en la huella que dejaste en quienes tuvimos el privilegio de llamarte amigo.

Fuiste, ante todo, una conversación inagotable, un reto perenne. Tenías el raro talento de escuchar con hondura y responder con lucidez y sin estridencias. En tiempos de opiniones rápidas y afectos descartables y sustraídos por el interés, cultivaste y enseñaste la pausa, el argumento, la ironía muy fina, la lealtad sin espectáculo, el intermedio para la reflexión antes de decir y actuar y así, no cupiese el arrepentimiento.

Había en ti una mezcla precisa de inteligencia y calidez: podías diseccionar una idea con rigor y, al mismo tiempo, sostener el temblor íntimo de quien se sentaba a tu lado a contarte una pena dando el abrazo cálido que imponía la solidaridad mutua.

Recuerdo nuestras charlas largas, esas que empezaban en la anécdota más trivial y terminaban bordeando grandes preguntas: el sentido del trabajo bien ejecutado, la dignidad y la honestidad como valor individual innegociable, el país que soñábamos y aquel perdido, los afectos que nos salvaban del cinismo, las dudas y las certezas de mis amores, de aquel en específico… tú sabes.

Siempre había un momento en que levantabas el vaso —quizá de whisky o quizá la taza de café— y, con media sonrisa, dejabas caer una frase que ordenaba el caos. Así, no imponías verdades; abrías perspectivas. No buscabas aplausos; sembrabas criterio.

Amigo del alma: esa expresión, tan usada y a veces tan manipulada en los vacíos, contigo recupera su valor humano específico. Fuiste presencia constante, aun en la distancia, en esta distancia insistente e insaciable que arrebata y duele.

Sabías estar y llegar a esas lejanías (a estas), veías mis mundos nuevos transcurrir y posabas una mano lejana en mi pecho triste y me reclamabas superar la desesperanza. Sabías estar, insisto, en un arrebato de realidades que entretejían despedidas y desasosiegos incesantes, en una forma mayor de amor, que llegaba a orillas perdidas atendiendo las heridas.

Estuviste en las celebraciones sin alardes, en los fracasos sin reproches, en los tristezas que exigían la serenidad, en mis dudas sin impaciencia, siempre ahí en la confidencia que delataba el pálpito que se sentaba entre los dos. Tu amistad no fue un adorno sentimental, fue… un andamiaje silencioso de soportes de vida que sostuvo y validó decisiones, que dio ánimo, que recordó lo esencial cuando todo parecía accesorio y, en oportunidades, perdido.

Hoy, desde esta distancia más lejana aún, mientras se cuelga en el viento esta confidencia que vuela y vuela buscando sosiego o alguien a quien decirle… entiendo que la gratitud es el único antídoto posible contra la intemperie seca de la pérdida.

Hoy, desde esta distancia más lejana aún, mientras se cuelga en el viento esta confidencia que vuela y vuela buscando sosiego o alguien a quien decirle… entiendo que la gratitud es el único antídoto posible contra la intemperie seca de la pérdida.

Siempre, siempre estará rondando por mi vida efímera tu franqueza sin crueldad, eso te lo agradezco. Gracias por ese maravilloso humor oportuno. Gracias por tu capacidad de disentir sin romper. Gracias por tu lealtad discreta. Gracias por recordarnos que la inteligencia no está reñida con la bondad ni el trabajo conjunto con la lealtad y el respeto.

La tristeza sincera es siempre real, Leonardo. Y no pretendería jamás disimularla con palabras solemnes, no lo mereceríamos, además. Me duelen mis tiempos por venir, al saber que no habrá otra llamada improvisada, otra sobremesa extendida casi ad infinitum, otro plan que quede en promesa, otra carrera buscando con Herminia, tu esposa y compañera de vida, en la Barcelona cálida del Festival de Teatro de Oriente aquella cerveza muy fría que nos unió la vida.

Me duele imaginar el lugar vacío en la mesa compartida, esta, aún en mi distancia. Pero también sé que el afecto verdadero no se evapora con la muerte; se transforma en recuerdos inmortales y en responsabilidad. Nos dejas la tarea de honrar tu memoria viviendo con la coherencia que admirábamos en ti. Nos dejas la obligación de no banalizar la amistad, de no traicionar la conversación profunda, de no renunciar al pensamiento crítico ni a la ternura.

Quizá por eso, el whisky en el vaso del tiempo no es solo símbolo de despedida; es también brindis. Un brindis imperecedero y sonoro por la vida que compartimos, por las discusiones encendidas y las reconciliaciones inmediatas, por las risas que desarmaban cualquier formalidad. Un brindis por tu nombre, que seguirá pronunciándose en pasado gramatical, pero en presente afectivo.

Adiós, mi querido Leonardo. Que Dios te reciba y te bendiga porque fuiste un buen hombre, así con mayúsculas, en todo el sentido de lo que eso significa y significará. Que encuentres la paz que merecen los hombres íntegros.

Adiós, mi querido Leonardo. Que Dios te reciba y te bendiga porque fuiste un buen hombre, así con mayúsculas, en todo el sentido de lo que eso significa y significará. Que encuentres la paz que merecen los hombres íntegros.

Aquí quedamos nosotros, un tanto más solos y, al mismo tiempo, un poco más responsables de estar a la altura de tu amistad. Si el tiempo es un vaso, hoy lo levanto por ti. Y en ese gesto sencillo, pero irrevocable, te digo tantas cosas que se me agotan en este palpitar que desando por calles nuevas, extrañas y ajenas y que trato y pretendo hacer mías con nuevas historias. Siempre… gracias a Dios por tu transcurso y a ti por tu transcurrir. Adiós…

*Lea también: Hasta siempre compañero (en la incomprensión), por Rafael Uzcátegui

Nota: No puedo cerrar estas líneas sin enviar un fraterno y caluroso abrazo solidario a Gloria Villamizar destacada y querida miembro de nuestro equipo de TalCual Digital, y a sus familiares por el reciente fallecimiento en Caracas de su papá QEPD.

Residenciado en L’Aquila, Italia, es director de la organización italiana, Voce Civica Strategica – VCS. CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana – ODV. Madrid-España/Miami, Washington DC-EEUU/Lima, Perú; y, dtor. académico del Center for Democracy and Citizenship Studies – CEDES. EEUU. Email: [email protected]

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