La Unión Europea y Canadá comparten cama
La Unión Europea y Canadá se están poniendo cómodos. No se han casado. Ni siquiera se han comprometido. Pero cada vez se sientan más cerca en la fiesta geopolítica, observan a los demás invitados y aparentemente concluyen que quizá tengan más en común entre ellos que con algunas de las personas que gritan al otro lado del salón.
Ahora Bruselas parece dispuesta a llevar la relación al siguiente nivel. Durante su discurso sobre el Estado de la Unión, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso abrir la puerta para que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la UE.
Conviene aclarar algo.
Esa categoría no existe actualmente en los tratados europeos. Nadie ha definido todavía qué derechos, obligaciones o acceso al mercado común implicaría. La propuesta necesitaría además el respaldo de los Estados miembros.
Por ahora es una declaración política, no una membresía ni una invitación formal de ingreso.
Pero el simbolismo es difícil de pasar por alto.
Canadá no es europeo. Está separado de Europa por un océano, pertenece a otro continente y entre ambos se extienden varios miles de kilómetros de aguas del Atlántico. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico, Canadá y Europa se encuentran cada vez más del mismo lado de la mesa.
La UE y Canadá no se descubrieron de repente porque desarrollaran una pasión compartida por el jarabe de arce y la burocracia de Bruselas. Su acercamiento tiene fundamentos mucho más prácticos. A ambos les preocupa un mundo en el que la interdependencia económica puede utilizarse como arma, las cadenas de suministro pueden convertirse en instrumentos de coacción y ya no puede darse por sentado que Estados Unidos se comportará siempre como el socio estratégico más predecible de Europa.
La actitud de Donald Trump hacia Canadá ha contribuido considerablemente a esta reevaluación. Su retórica contra el vecino del norte —incluidas sus reiteradas amenazas arancelarias y su lenguaje abiertamente conflictivo— ha demostrado que incluso las relaciones más estrechas pueden volverse puramente transaccionales cuando cambian las prioridades de Washington.
Su reacción a la propuesta europea confirmó el argumento.
Trump la calificó de “ridícula” y amenazó con imponer aranceles muy severos a Europa —o incluso suspender parte del comercio— si consideraba que el acercamiento con Canadá constituía un acto hostil. Pocas cosas explican mejor la necesidad de........
