Trump ya no quiere inteligencia: quiere obediencia
Donald Trump no parece estar reorganizando solamente el aparato de inteligencia de Estados Unidos. Está intentando modificar su propósito y someter a una misma lógica personalista un sistema de seguridad nacional que ya venía mostrando dispersión de esfuerzos, disputas entre dependencias, mandos inestables y objetivos que no siempre marchaban en la misma dirección.
Las agencias de inteligencia fueron creadas para reunir información, contrastar versiones, anticipar amenazas y decirle al presidente aquello que necesita saber, aunque contradiga sus convicciones, incomode a sus aliados o destruya el relato político que pretende imponer. Trump quiere algo diferente: no busca instituciones que le adviertan, sino subordinados que le confirmen que siempre tuvo razón.
La reciente confirmación de Jay Clayton como director de Inteligencia Nacional debe entenderse dentro de una transformación mucho más amplia y profundamente preocupante. Clayton sustituye a Tulsi Gabbard, quien abandonó el cargo después de meses de tensiones, disputas internas, cuestionamientos sobre la politización de la inteligencia y divergencias respecto de asuntos tan delicados como la guerra con Irán.
Entre ambos apareció Bill Pulte, un empresario y funcionario vinculado al sector financiero e inmobiliario, sin trayectoria relevante en inteligencia, seguridad nacional o defensa, a quien Trump colocó provisionalmente al frente de una de las estructuras más delicadas del Estado. Su principal mérito no parecía ser el conocimiento del espionaje, el contraespionaje, el terrorismo, Rusia, China, Irán o Corea del Norte, sino su lealtad al presidente.
Durante su breve interinato, Pulte presumió una reducción cercana a 30% del personal de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional. Trump, además, le encomendó reducir la estructura y devolver funcionarios a sus agencias de origen, bajo el argumento de que la oficina se había vuelto demasiado grande, burocrática o innecesaria.
Puede existir burocracia excesiva. Seguramente hay funciones duplicadas, inercias administrativas, luchas internas y oficinas que deben revisarse. Ninguna institución pública debe quedar exenta de evaluación, austeridad o reestructuración. Pero una cosa es eliminar burocracia y otra muy distinta desmantelar capacidades, despedir profesionales incómodos o debilitar los mecanismos de coordinación porque no se someten enteramente a la visión presidencial.
La inteligencia no puede organizarse conforme al principio de fidelidad personal. Su obligación no consiste en proteger el ego del gobernante, sino la seguridad del país. El peor fracaso de una agencia de inteligencia no siempre consiste en desconocer una amenaza. Puede ser conocerla, advertirla y después callarla porque contradice al presidente.
El problema tampoco comenzó con Clayton, Gabbard o Pulte. La arquitectura de seguridad del segundo gobierno de Trump ha acumulado traspiés, relevos, contradicciones y luchas de poder que revelan una falta de coordinación más profunda.
La salida de Kristi Noem de la Secretaría de Seguridad Nacional fue una primera señal contundente. Su gestión terminó después de fuertes cuestionamientos por la conducción de las operaciones migratorias, la respuesta ante desastres, millonarios contratos publicitarios, métodos de contratación y una creciente confrontación política que llegó a incomodar incluso a legisladores republicanos.
Noem había convertido buena parte de la política de seguridad migratoria en una escenificación personal. Participaba en operativos, aparecía frente a cámaras, posaba en centros penitenciarios y proyectaba una imagen de mano dura que agradaba inicialmente a Trump. Pero cuando aumentaron los costos políticos, las protestas, los litigios y los cuestionamientos, la relación terminó por romperse.
Su sucesor tuvo que cancelar contratos pendientes, revisar procedimientos y restablecer periodos más amplios de capacitación para los agentes migratorios, revirtiendo decisiones adoptadas durante la etapa anterior. Aquello mostró algo más grave que un simple relevo administrativo: una dependencia esencial para la seguridad interior había ejecutado políticas que el nuevo mando consideró necesario corregir prácticamente de inmediato.
La salida de una secretaria puede atribuirse a errores personales. Pero cuando se suma a la destitución del consejero de Seguridad Nacional, a purgas dentro del Consejo de Seguridad Nacional, a renuncias en organismos de contraterrorismo, a conflictos entre la Oficina del Director de Inteligencia Nacional y la CIA y a cambios frecuentes en las líneas de mando, deja de ser una anécdota y se convierte en un patrón.
El sistema estadounidense de seguridad está integrado por instituciones con competencias distintas pero necesariamente complementarias. El Departamento de Seguridad Nacional protege fronteras, transporte, infraestructura crítica, ciberseguridad y respuesta ante emergencias; el Departamento de Justicia y el FBI investigan amenazas internas; el Pentágono enfrenta riesgos militares; la CIA opera en el exterior; la NSA intercepta comunicaciones; el Consejo de Seguridad Nacional coordina la política presidencial, y la Dirección Nacional de Inteligencia debe articular la información de todo el conjunto.
Esa complejidad........
