México y Estados Unidos: deshielo sin subordinación
México no puede darse el lujo de vivir permanentemente peleado con Estados Unidos, pero tampoco puede construir una buena relación aceptando cada exigencia de Washington. Somos vecinos, socios comerciales, compartimos una frontera de más de tres mil kilómetros, millones de familias viven entre ambos países y buena parte de nuestra economía depende de una relación funcional. Precisamente por eso hay que administrarla con cabeza fría. Ni antiestadounidensismo automático ni subordinación. Ni estridencia permanente ni obediencia silenciosa. Buena relación no significa obediencia; soberanía tampoco significa pleito permanente.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha expresado en distintas ocasiones una fórmula que, bien aplicada, puede servir de eje para esta etapa: respeto a la soberanía y a la integridad territorial, responsabilidad compartida y diferenciada, confianza mutua y cooperación sin subordinación. Son principios razonables porque reconocen algo elemental: México y Estados Unidos tienen intereses comunes enormes, pero no siempre tienen los mismos intereses ni deben resolverlos de la misma manera. La cooperación funciona mejor cuando ninguno pretende administrar al otro.
La relación bilateral atravesó durante los últimos meses momentos especialmente tensos. Hubo amenazas arancelarias, diferencias migratorias, controversias por visas, presión política desde Washington, cuestionamientos sobre seguridad y episodios en los que México consideró necesario marcar límites frente a actuaciones estadounidenses. Al mismo tiempo, los dos gobiernos han continuado hablando, negociando y construyendo mecanismos de cooperación. Eso es precisamente lo que debería ocurrir entre vecinos cuya relación es demasiado importante para depender del estado de ánimo del día.
México necesita diálogo permanente con Washington. No porque Estados Unidos tenga derecho a imponernos condiciones, sino porque prácticamente ningún problema importante de América del Norte puede resolverse sin cooperación bilateral. Comercio, migración, seguridad fronteriza, agua, energía, infraestructura, tráfico de armas, movilidad de personas, protección consular y cadenas productivas requieren interlocución cotidiana. Convertir cada diferencia en conflicto diplomático sería tan irresponsable como fingir que no existen diferencias para preservar una falsa cordialidad.
La propia Sheinbaum ha insistido en que somos vecinos, que deben privilegiarse las relaciones diplomáticas y que los desacuerdos con Donald Trump no tienen por qué transformarse necesariamente en asuntos personales. Esa distinción es importante. Los países no necesitan quererse ni sus presidentes convertirse en amigos. Necesitan tener canales suficientes para administrar diferencias sin que cada desacuerdo se convierta en crisis.
Ahí la diplomacia recupera su función más elemental. Un buen diplomático no es quien evita todas las diferencias, sino quien consigue que las diferencias no destruyan aquello que sí conviene preservar. México puede discrepar con Estados Unidos respecto de migración, visas, comercio o determinadas operaciones de sus agencias y simultáneamente cooperar en otros asuntos. La madurez diplomática consiste precisamente en impedir que una disputa contamine automáticamente toda la relación.
Roberto Velasco enfrenta ahora una responsabilidad particularmente importante como secretario de Relaciones Exteriores. Conoce ampliamente la relación norteamericana después de años dedicado directamente a ella y llega a la Cancillería en un momento en que México necesita combinar experiencia, renovación y pragmatismo. Su reto no consiste en agradar a Washington ni en competir mediante discursos para demostrar quién defiende mejor la soberanía. Consiste en obtener resultados concretos para México y hacerlo sin ceder aquello que corresponde defender.
Tiene además una oportunidad generacional. Una diplomacia más joven no debe significar improvisación, sino capacidad para comprender un mundo que está cambiando mucho más rápidamente que las viejas estructuras internacionales. Estados Unidos ya no puede analizarse únicamente desde la relación presidencial. Hay Congreso, gobernadores, empresarios, sindicatos, universidades, comunidades mexicanas y mexicoamericanas, agencias federales, gobiernos estatales y una enorme sociedad civil con la que México necesita relacionarse permanentemente. Una política exterior moderna tiene que trabajar con todos esos actores y no limitarse a esperar llamadas desde la Casa Blanca.
México necesita también una diplomacia económica mucho........
