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Los que hablan

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11.06.2026

Existe una diferencia fundamental entre las sociedades que conservan sus libertades y aquellas que terminan perdiéndolas. No suele estar en la riqueza, ni en el tamaño de sus ejércitos, ni en la abundancia de sus recursos naturales. Con frecuencia la diferencia radica en algo mucho más escaso y mucho más valioso: el valor de quienes deciden hablar cuando resulta más cómodo callar.

Las épocas difíciles no se distinguen únicamente por la presencia de hombres peligrosos. También se distinguen por la aparición de mujeres y hombres capaces de asumir el costo de decir lo que otros prefieren callar. La historia está llena de conquistadores, emperadores, autócratas, dictadores, caudillos y demagogos. Sus nombres ocupan libros enteros. Sus decisiones alteran el destino de naciones completas. Sin embargo, las libertades que sobreviven rara vez son obra de ellos. Las libertades suelen ser obra de quienes encontraron el valor para levantar la voz cuando hacerlo implicaba riesgos, incomodidades, persecuciones o sacrificios personales.

Las sociedades rara vez pierden primero sus libertades. Antes pierden algo más importante: el valor de defenderlas. El deterioro suele comenzar de manera casi imperceptible. Primero aparece el miedo. Miedo a disentir. Miedo a preguntar. Miedo a incomodar. Miedo a señalar errores evidentes. Miedo a quedarse solos. Miedo a perder prestigio, influencia, amistades, oportunidades o seguridad. Poco a poco el miedo ocupa espacios que antes pertenecían a la libertad. Y cuando eso ocurre, la autocensura comienza a realizar el trabajo que antes solamente podían realizar la represión o la fuerza.

Por eso los autoritarios de todas las épocas han comprendido algo esencial: no necesitan convencer a todos. Les basta con intimidar a suficientes personas. No necesitan ganar todas las discusiones. Les basta con lograr que los demás dejen de discutir. No necesitan silenciar cada voz. Les basta con sembrar la idea de que hablar tiene un costo demasiado alto. El miedo es extraordinariamente eficiente porque suele multiplicarse solo. Una persona calla por temor. Otra observa ese silencio y también calla. Una tercera interpreta la ausencia de voces como señal de conformidad. Y así, poco a poco, la sociedad comienza a confundirse a sí misma creyendo........

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