Los desastres no siempre son naturales
Genevieve alcanzó la categoría 5 en las aguas del Pacífico mexicano. Sus vientos superaron los 250 kilómetros por hora y, aunque su trayectoria se mantuvo alejada de las costas y no se previó un impacto directo sobre el territorio nacional, su extraordinaria fuerza volvió a colocar frente a nosotros una advertencia que México no puede seguir ignorando.
Los huracanes son fenómenos naturales. Las tragedias humanas que dejan a su paso, demasiadas veces, no lo son.
La naturaleza produce el viento, la lluvia, el oleaje y la fuerza destructiva. Pero la imprevisión construye en zonas inundables, la corrupción autoriza edificaciones inseguras, la negligencia abandona drenajes y cauces, la irresponsabilidad invade áreas de riesgo y la indolencia gubernamental espera hasta que la emergencia ya se encuentra encima.
El fenómeno puede ser natural. El desastre suele comenzar mucho antes.
Comienza cuando se permite levantar viviendas en barrancas, riberas o terrenos históricamente inundables; cuando un fraccionamiento obtiene permisos a pesar de carecer de salidas suficientes, drenajes adecuados o rutas de evacuación; cuando se talan manglares y se destruyen ecosistemas que funcionan como barreras naturales; cuando una obra pública se inaugura sin garantizar su resistencia; cuando los refugios existen solamente en el papel, y cuando los sistemas de alerta no alcanzan a quienes más los necesitan.
Comienza también cuando las autoridades prefieren invertir en proyectos visibles y políticamente rentables, mientras dejan para después el mantenimiento de canales, presas, colectores, alcantarillas, carreteras, puentes y sistemas de protección civil. Prevenir rara vez produce fotografías espectaculares, ceremonias multitudinarias o aplausos inmediatos. Sin embargo, salva vidas.
México se ha vuelto extraordinariamente solidario después de las tragedias, pero continúa siendo irresponsablemente indiferente antes de ellas.
Cuando ocurre un desastre aparecen brigadas, centros de acopio, voluntarios, médicos, rescatistas, soldados, marinos y ciudadanos capaces de desplegar una enorme generosidad. La sociedad mexicana sabe reaccionar, ayudar y reconstruir. Lo ha demostrado frente a terremotos, inundaciones, incendios y huracanes.
Pero esa solidaridad posterior no puede seguir sustituyendo a la prevención.
No debería ser necesario esperar a que una familia pierda su casa para descubrir que habitaba en una zona de riesgo. No tendría que derrumbarse un puente para revisar la calidad de su construcción. No debería incendiarse una bodega para conocer que carecía de salidas de emergencia. No tendría que morir gente ahogada para limpiar un cauce obstruido ni esperar a que un edificio colapse para descubrir que sus permisos se obtuvieron mediante corrupción o simulación.
Evacuamos cuando el agua ya entró, revisamos cuando la estructura ya cayó, clausuramos después del incendio, investigamos cuando aparecen las víctimas y prometemos reconstruir cuando las familias ya lo perdieron todo.
Administramos tragedias que, en muchos casos, pudimos aminorar.
El huracán Otis debió modificar para........
