Las cualidades que distinguen a un administrador del poder de un verdadero hombre o mujer de Estado
La democracia permite a los ciudadanos decidir quién ejercerá el poder. Esa es, sin duda, una de las mayores conquistas políticas de la humanidad. Sin embargo, la calidad de un gobierno no depende exclusivamente de la legitimidad obtenida en las urnas. Tampoco basta, como reflexionábamos en el ensayo anterior, con acreditar la aptitud necesaria para desempeñar responsabilidades públicas de enorme trascendencia. Existe una dimensión adicional, mucho más compleja y difícil de definir, que termina marcando la diferencia entre un gobernante ordinario y un verdadero hombre o mujer de Estado: el perfil con el que ejerce el poder.
La historia ofrece innumerables ejemplos de gobernantes plenamente legítimos que terminaron decepcionando a sus pueblos. También registra casos de personas con indiscutible capacidad intelectual o administrativa que nunca lograron construir gobiernos memorables. Del mismo modo, existen líderes que enfrentaron circunstancias extraordinariamente adversas y que, gracias a su carácter, prudencia, visión y sentido del deber, condujeron a sus naciones por caminos de estabilidad, reconciliación y progreso. La diferencia no radicó solamente en su preparación técnica ni en el respaldo electoral que recibieron. Radicó, sobre todo, en el perfil humano, político y ético con el que asumieron la responsabilidad de gobernar.
Con frecuencia se confunden conceptos que pertenecen a planos distintos. La legitimidad nace del voto ciudadano. La aptitud responde a la capacidad para ejercer adecuadamente las funciones del cargo. El perfil, en cambio, está integrado por el conjunto de cualidades personales, intelectuales, morales y políticas que orientan la manera en que ese poder será utilizado. Dos gobernantes pueden llegar al cargo con idéntica legitimidad y similares capacidades funcionales; sin embargo, producir resultados radicalmente distintos porque uno entiende el poder como un instrumento de servicio y el otro como un patrimonio personal o partidista.
Gobernar no consiste únicamente en administrar recursos, promulgar leyes o ejecutar programas públicos. Gobernar implica tomar decisiones cuyos efectos repercutirán durante años, e incluso décadas, sobre la vida de millones de personas. Significa resolver conflictos sin profundizar divisiones, conducir instituciones sin debilitarlas, ejercer autoridad sin caer en el autoritarismo y administrar el poder sin olvidar que éste pertenece, en última instancia, a la sociedad. Para ello se requiere mucho más que conocimientos técnicos o habilidades administrativas.
Uno de los primeros rasgos que distinguen a un gran gobernante es la visión de Estado. Mientras el político común concentra su atención en la siguiente elección, el estadista piensa en la siguiente generación. Sus decisiones no se limitan a producir rentabilidad electoral inmediata; buscan construir instituciones duraderas, fortalecer la cohesión social y sentar bases para un desarrollo sostenido. Entiende que la popularidad puede ser efímera, pero que las instituciones sólidas trascienden a quienes temporalmente las encabezan.
A esa visión debe acompañarla una profunda integridad ética. La confianza pública constituye el principal activo de cualquier gobierno y resulta extraordinariamente difícil recuperarla una vez perdida. La honestidad no consiste únicamente en abstenerse de cometer actos de corrupción; implica también actuar con congruencia, cumplir la palabra empeñada, asumir responsabilidades, rechazar privilegios indebidos y recordar permanentemente que el ejercicio del poder representa un mandato temporal conferido por la ciudadanía, nunca una concesión para actuar por encima de la ley o de los principios que sostienen la convivencia democrática.
Otra cualidad indispensable es la prudencia.........
