La mueca y la sonrisa de oreja a oreja
La sonrisa amplia de Barack Obama y la visible mueca de disgusto de Donald Trump parecieron resumir mucho más que dos estados de ánimo. Mostraron dos formas distintas de relacionarse con el poder. De un lado, la satisfacción serena de quien es convalidado por la gente como un líder respetado, con influencia vigente y un enorme capital sociopolítico construido a lo largo del tiempo. Del otro, la incomodidad de quien espera ser tratado como jefe indiscutible y percibe que el respeto protocolario no necesariamente equivale a admiración, reconocimiento o legitimidad.
Las imágenes resultan particularmente elocuentes. Mientras Obama aparecía sonriente en la inauguración del Centro Presidencial que lleva su nombre, rodeado por expresidentes, empresarios, académicos, líderes sociales, artistas y figuras de enorme relevancia pública, Trump era captado durante su participación en la reunión del G7 con gestos de evidente molestia, en una escena particularmente comentada durante su encuentro con Emmanuel Macron. Más allá de simpatías o antipatías personales, las fotografías parecían plantear una pregunta de fondo: ¿qué es más importante, ocupar el poder o conservar influencia cuando el poder ya no existe?
Hay hombres que ocupan el poder. Hay hombres a quienes el poder termina ocupándolos. Y hay unos cuantos, muy pocos, que logran algo mucho más difícil: conservar influencia cuando el poder ya desapareció. La diferencia parece menor, pero en realidad allí se encuentra una de las grandes claves de la historia política. Porque el verdadero examen de un liderazgo no ocurre mientras se ejerce autoridad, sino cuando esa autoridad deja de existir.
Mientras un gobernante ocupa un cargo resulta extraordinariamente difícil distinguir entre respeto, conveniencia, admiración, temor, interés u oportunismo. Los aplausos abundan. Los aduladores abundan. Los beneficiarios abundan. Los oportunistas abundan. Siempre aparecen quienes encuentran genialidad en cada decisión, profundidad en cada discurso y virtudes extraordinarias en cada movimiento de quien concentra poder. El poderoso rara vez escucha silencio. Vive rodeado de ecos favorables. Y precisamente por ello muchos terminan creyendo que la admiración que reciben les pertenece personalmente cuando en realidad pertenece al cargo que ocupan.
La historia está llena de ejemplos. Faraones, emperadores, reyes, papas, generales, dictadores, presidentes y........
