La herencia inmaterial. La que perdura
Segunda parte: Lo que debemos transformar
En la primera parte de esta reflexión hablamos de la riqueza silenciosa que recibimos de quienes nos precedieron. Recordamos que la herencia más importante no siempre es la que puede cuantificarse en dinero o en propiedades, sino aquella que se manifiesta en la forma de vivir, de pensar y de relacionarnos con los demás. La lengua, la cultura, las tradiciones, la honestidad, la cultura del esfuerzo, el amor por el trabajo, el sentido del servicio, la solidaridad y el ejemplo forman parte de ese patrimonio que ninguna escritura pública puede describir y que, sin embargo, suele determinar el rumbo de una vida.
Pero toda herencia merece algo más que gratitud.
Porque la historia también demuestra que no todo cuanto recibimos debe conservarse. Existen costumbres que en otro tiempo parecieron naturales y que hoy resultan incompatibles con la dignidad humana. Existen formas de pensar que alguna vez fueron aceptadas y que el desarrollo de la conciencia social terminó por superar. Existen hábitos que, repetidos durante generaciones, dejaron de ser vistos como problemas simplemente porque nos acostumbramos a convivir con ellos.
La herencia inmaterial no está formada únicamente por virtudes. También puede transmitir errores, prejuicios y deformaciones que, si no son identificados a tiempo, terminan convirtiéndose en una pesada carga para quienes vienen detrás.
Así se transmiten la discriminación y el racismo, muchas veces disfrazados de costumbre o de tradición. Así sobreviven el clasismo, la intolerancia, la descalificación de quien piensa diferente y la falsa convicción de que unas personas valen más que otras por su origen, su condición económica, su aspecto, sus creencias o sus ideas. Ninguno de esos comportamientos aparece espontáneamente. Se aprenden. Se observan. Se reproducen. Y, cuando nadie los........
