La guerra que Trump ya no puede controlar
Donald Trump creyó que podía abrir una guerra, elevar su intensidad, anunciar una pausa, amenazar nuevamente y después conducir a su adversario hacia una negociación en los términos dictados por Washington. Pero una guerra no es una operación inmobiliaria, una negociación arancelaria ni un espectáculo televisivo. Una vez iniciada, adquiere una lógica propia, multiplica intereses, despierta venganzas y produce consecuencias que ni siquiera quien ordenó los primeros ataques puede controlar completamente.
Irán acaba de recordárselo. Después de una breve pausa en los bombardeos estadounidenses y de declaraciones optimistas sobre posibles conversaciones, Teherán lanzó varios misiles balísticos contra posiciones de Estados Unidos en Medio Oriente. El mando militar estadounidense aseguró haberlos interceptado y calificó la operación iraní como un intento de ataque sorpresa. Las consecuencias inmediatas parecen limitadas, pero el mensaje político es enorme: Irán no acepta que Washington decida unilateralmente cuándo comienza la guerra, cuándo se suspende y bajo qué condiciones debe terminar.
Trump conserva la fuerza militar más poderosa del planeta. Puede ordenar bombardeos, destruir radares, atacar instalaciones estratégicas, neutralizar sistemas antiaéreos y causar daños severos a la infraestructura militar iraní. Lo que no puede garantizar es que esa superioridad produzca automáticamente obediencia política. La fuerza destruye, pero no siempre somete.
Estados Unidos e Israel han golpeado instalaciones militares, centros de mando, plataformas de lanzamiento, defensas aéreas y capacidades navales iraníes. Sin embargo, Irán conserva recursos para responder, afectar intereses estadounidenses, amenazar rutas marítimas, movilizar aliados regionales y prolongar un conflicto cuyo costo puede extenderse mucho más allá de sus fronteras. Trump parece haber confundido capacidad de destrucción con capacidad de control, y no son lo mismo.
Una potencia puede ganar cada enfrentamiento táctico y, sin embargo, perder el objetivo estratégico. Puede destruir buena parte del arsenal enemigo sin conseguir su capitulación. Puede demostrar una superioridad aplastante y terminar atrapada en una guerra prolongada, costosa y políticamente corrosiva.
Estados Unidos ya conoce esa historia. La aprendió en Vietnam, Irak y Afganistán. Entró convencido de que su supremacía militar permitiría imponer rápidamente un nuevo orden y terminó descubriendo que derribar gobiernos, ocupar territorios o destruir ejércitos regulares resulta mucho más sencillo que construir una paz estable.
Irán no es Irak ni Afganistán. Es una nación de más de 90 millones de habitantes, con un territorio extenso, estructuras estatales consolidadas, experiencia militar, redes regionales, misiles y una identidad nacional que puede fortalecerse precisamente frente a una agresión externa.
El régimen iraní es autoritario, represivo y responsable de graves violaciones contra su propia población. Su programa nuclear, su política regional y su apoyo a organizaciones armadas constituyen amenazas reales que no deben minimizarse. Pero denunciar su naturaleza no convierte automáticamente en sensata cualquier guerra contra él, ni garantiza que los bombardeos produzcan democracia.
La historia demuestra que los ataques extranjeros suelen debilitar........
