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Infantino perdió el Mundial... y puede perder la FIFA

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02.08.2026

Gianni Infantino quiso irse como hilo de media. Pretendió convertir una decisión de enorme trascendencia deportiva, institucional y patrimonial en un hecho prácticamente consumado: crear una empresa comercial valuada en alrededor de 20 mil millones de dólares, concentrar en ella los principales negocios de la Copa del Mundo y vender hasta 20 por ciento a inversionistas privados. Calculó que el poder de la presidencia de la FIFA, la promesa de repartir dinero y su control sobre una extensa red de federaciones serían suficientes para imponer el proyecto. Se equivocó. La resistencia fue tan rápida, amplia y contundente que tuvo que retirar el plan antes siquiera de someterlo a votación.

Perdió la iniciativa, pero el daño no termina ahí. Infantino perdió también algo mucho más difícil de recuperar: la presunción de autoridad, la credibilidad de su palabra y el respeto de quienes durante años parecían dispuestos a acompañarlo casi sin condiciones. La crisis demostró que no era tan invulnerable como suponía, que sus decisiones pueden ser derrotadas y que existe un límite para la concentración personal del poder en la FIFA.

La propuesta pretendía crear FIFA Forward Enterprise, una filial encargada de administrar derechos audiovisuales, patrocinios, boletaje, licencias y otros activos comerciales de los mundiales masculino y femenino, entre diversas competiciones. Su valuación rondaría los 20 mil millones de dólares y la venta minoritaria podía generar hasta 4 mil 200 millones. La FIFA sostenía que conservaría el control deportivo y que parte de los recursos beneficiaría a sus 211 asociaciones nacionales. Pero los inversionistas no aportarían miles de millones por filantropía ni por amor al futbol: exigirían rendimientos, crecimiento permanente y mayores oportunidades de cobro.

El problema no era únicamente financiero. Era político, institucional y hasta moral. No se pretendía vender un espacio publicitario, un paquete de transmisiones o una licencia temporal, sino incorporar capital privado al corazón empresarial de la Copa del Mundo. A partir de ahí, cada ampliación del torneo, cada nueva competencia, cada sede, cada calendario, cada precio y cada plataforma de transmisión quedarían bajo la sospecha de responder no solamente a necesidades deportivas, sino a las exigencias de rentabilidad de accionistas externos.

Infantino creyó que podría presentar la operación como una nueva fórmula de desarrollo universal y conquistar respaldos mediante la promesa de dinero inmediato. Pero las confederaciones comprendieron que aceptar una suma ahora podía significar hipotecar ingresos futuros, perder capacidad de decisión y legitimar que un pequeño círculo negociara activos construidos durante casi un siglo por selecciones, jugadores, federaciones y aficionados.

La respuesta de UEFA fue frontal. Sus 55 asociaciones acordaron oponerse al proyecto y amenazaron con boicotear las competiciones de la FIFA mientras no fuera retirado. Después se sumaron Concacaf y la Confederación Asiática, con lo cual la rebelión dejó de ser la inconformidad habitual de Europa y se convirtió en un rechazo mayoritario de alcance mundial. Federaciones de Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia, Bélgica, Inglaterra y Australia, entre otras, no se conformaron con celebrar la retirada: reclamaron transparencia, rendición de cuentas y una revisión profunda de la gobernanza del organismo.

Ahí está la verdadera dimensión de la derrota. Infantino había logrado gobernar durante años mediante una alianza entre federaciones pequeñas deseosas de mayores recursos, confederaciones beneficiadas por nuevos torneos y dirigentes seducidos por la expansión del negocio. Podía soportar el enojo europeo porque conservaba apoyo en África, Asia, Concacaf, Sudamérica y Oceanía. Esta vez se rompió ese cerco protector. Asia y Concacaf se colocaron junto a UEFA y mostraron que el presidente ya no controla automáticamente las........

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