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Epstein: el fantasma social que empieza a devorar a Trump

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25.05.2026

En su momento, al presidente Richard Nixon lo derrumbó un escándalo político tras descubrirse un espionaje indebido del gobierno desde el edificio Watergate; pero a Donald Trump podría terminar hundiéndolo algo muchísimo más oscuro: un fantasma social. Y ahí reside quizá la diferencia más brutal entre ambos momentos históricos. Watergate destruyó a Nixon como presidente, más no lo hundió como ser humano; Epstein empieza lentamente a corroer a Trump como figura humana. Porque Nixon cayó por abuso de poder y encubrimiento institucional. Fue un terremoto gigantesco… pero todavía pertenecía al viejo mundo de los escándalos clásicos del poder estadounidense. Lo de Epstein pertenece a otro territorio. Mucho más tóxico. Mucho más repulsivo. Mucho más emocionalmente devastador.

Trump puede llegar a generar tal nivel de repudio social que las protestas frente a sus edificios o a su paso terminen convirtiéndose apenas en el inicio del fenómeno. Porque llega un momento en que ciertos liderazgos dejan de provocar respeto… y empiezan a provocar rechazo visceral. Abucheos. Escupitajos. Hostilidad abierta. Y entonces aparece el viejo fantasma del ostracismo: la necesidad de esconderse del espacio público, de huir hacia un Mar-a-Lago cada vez más lejano y más aislado, intentando escapar no ya de adversarios políticos… sino del desprecio social.

Por eso el caso jamás termina de morir. Porque ya no funciona solamente como expediente criminal. Funciona como símbolo contemporáneo de degradación moral de las élites occidentales. Y el problema para Trump es que su nombre vuelve inevitablemente a orbitar alrededor de ese agujero negro político, mediático y psicológico justo cuando el trumpismo empieza a mostrar señales cada vez más visibles de desgaste, ansiedad interna y pérdida progresiva de control narrativo. Porque el problema ya no es solamente Jeffrey Epstein. El verdadero problema es todo lo que Epstein simboliza: poder, dinero, sexo, privilegios obscenos, élites protegidas, redes opacas, protección institucional y la sospecha permanente —que para muchísima gente ya dejó incluso de ser simple sospecha— de que durante décadas existieron personajes capaces de operar bajo reglas completamente distintas al resto de la sociedad.

Por eso el tema produce algo mucho más peligroso que indignación política: produce asco moral. Y las sociedades reaccionan distinto frente al asco que frente al desacuerdo ideológico. A un político corrupto todavía pueden tolerarlo. A uno agresivo incluso pueden admirarlo. A uno autoritario pueden justificarlo. Pero cuando una figura empieza a quedar asociada socialmente con degradación moral extrema, perversión de élites, cinismo obsceno y sensación de monstruosidad ética… entra en otra dimensión psicológica. Ahí ya no hablamos solamente de popularidad. Hablamos de repulsión colectiva. Y eso resulta muchísimo más difícil de contener.

Porque además empiezan nuevamente a circular versiones sobre videos, grabaciones y materiales audiovisuales donde supuestamente aparecerían figuras políticas, empresarios y personajes cercanos al viejo círculo de Epstein.........

© SDP Noticias