El mundo tras el fracaso de la sicofancia política
Toda época termina dejando una enseñanza. Algunas dejan avances científicos. Otras dejan transformaciones económicas. Algunas son recordadas por sus guerras. Otras por sus descubrimientos. La nuestra podría terminar siendo recordada por una lección mucho más simple y al mismo tiempo mucho más inquietante: ninguna sociedad puede vivir indefinidamente sustituyendo la verdad por los aplausos.
Durante años, en distintas regiones del mundo, prosperó una forma particularmente peligrosa de entender la política. No fue exclusiva de una ideología. No perteneció a una sola nación. No distinguió entre derecha e izquierda. Tampoco entre democracias y regímenes autoritarios. Se manifestó bajo múltiples rostros, discursos y banderas, pero siempre conservó la misma esencia: la exaltación de la lealtad por encima de la capacidad, de la obediencia por encima del criterio, de la propaganda por encima de los hechos y de la adulación por encima de la verdad.
La sicofancia política no es un fenómeno nuevo. Ha acompañado al poder desde que existe el poder. Los emperadores la conocieron. Los monarcas la padecieron. Los caudillos la aprovecharon. Los dictadores la institucionalizaron. Sin embargo, pocas veces había alcanzado dimensiones tan visibles y tan sofisticadas como en las últimas décadas. La combinación de propaganda permanente, comunicación instantánea, redes sociales, polarización política y culto a la personalidad permitió que millones de personas fueran expuestas diariamente a versiones cuidadosamente diseñadas de la realidad. No importaba tanto lo que ocurría. Importaba lo que se decía que ocurría. No importaban tanto los hechos. Importaban las narrativas.
Y durante algún tiempo pareció funcionar.
Muchos dirigentes comenzaron a creer que la popularidad podía sustituir a la competencia. Que los aplausos podían sustituir a los resultados. Que la lealtad personal podía sustituir a las........
