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¿Quién paga los platos rotos?

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Durante días, semanas y meses, el mundo observó con preocupación una escalada que parecía conducir inevitablemente hacia una confrontación de consecuencias imprevisibles. Las amenazas cruzadas aumentaron. Los discursos se endurecieron. Las advertencias militares se multiplicaron. Los mercados reaccionaron con nerviosismo. El precio del petróleo volvió a convertirse en motivo de preocupación global. Los gobiernos comenzaron a prepararse para escenarios cada vez más complejos. Analistas, diplomáticos y organismos internacionales advirtieron sobre el riesgo de una crisis regional de enormes proporciones. Y ahora, de pronto, llegan anuncios que hablan de acuerdos, de entendimientos, de reducción de tensiones y de posibles compromisos entre actores que durante años parecían incapaces de encontrar puntos mínimos de coincidencia.

La noticia merece atención. Nadie en su sano juicio puede desear una guerra. Menos aún una guerra en una región donde cualquier chispa tiene la capacidad de extenderse mucho más allá de sus fronteras inmediatas. Si efectivamente se ha logrado evitar una escalada militar de mayores proporciones, si se ha conseguido mantener abierto el estrecho de Ormuz, si se han generado mecanismos que reduzcan riesgos futuros y si se han abierto espacios para la negociación, ello constituye una buena noticia para la comunidad internacional. Pero precisamente porque la paz siempre es preferible a la guerra, conviene examinar con serenidad lo ocurrido y resistir la tentación de aceptar sin más las narrativas triunfalistas que comienzan a surgir desde todos los frentes.

Porque existe una pregunta que aparece inevitablemente después de cada conflicto, después de cada crisis y después de cada gran disputa geopolítica: si todos celebran, si todos afirman haber ganado y si todos proclaman una victoria histórica, entonces ¿quién paga los platos rotos?

Porque los platos rotos existen.

Donald Trump habla de un éxito diplomático de gran magnitud. Sus simpatizantes sostienen que evitó una guerra mayor, protegió intereses estratégicos de Estados Unidos y logró compromisos que otros gobiernos no habían podido alcanzar. Del otro lado, los voceros iraníes presentan los acontecimientos como una demostración de resistencia, firmeza y capacidad para sostener sus posiciones frente a las presiones occidentales. Israel reivindica logros estratégicos. Pakistán aparece celebrando su papel como facilitador. Los mercados reciben con optimismo la posibilidad de una reducción de tensiones. Y así, observando las distintas narrativas, pareciera que todos ganaron. Pero precisamente ahí comienza el problema. Porque cuando todos dicen haber ganado,........

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