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¡Maten al mensajero!

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07.06.2026

Los viejos monarcas tenían una costumbre peligrosa. Cuando las noticias eran buenas, las recibían como prueba irrefutable de su grandeza. Cuando eran malas, el problema dejaba de ser la noticia y pasaba a ser quien la traía. La derrota no era el problema. El problema era quien la anunciaba. El error no era el problema. El problema era quien lo señalaba. El fracaso no era el problema. El problema era quien se atrevía a describirlo. Donald Trump parece acercarse cada vez más a esa estación de la política.

La reciente confrontación con un periodista de CNN resulta particularmente reveladora. Ante preguntas incómodas no apareció una explicación. Apareció un ataque. El periodista fue convertido en enemigo. La cadena fue convertida en enemiga. Los medios fueron convertidos en enemigos. Y así, una vez más, la discusión dejó de girar alrededor de los hechos para concentrarse en quienes se atreven a mencionarlos. Sin embargo, el episodio no es una excepción. Es un patrón. Los jueces son enemigos cuando corrigen. Los fiscales son enemigos cuando investigan. Las universidades son enemigas cuando discrepan. Los artistas son enemigos cuando critican. Los aliados se vuelven problemáticos cuando marcan límites. Europa es un problema cuando responde. La OTAN es una carga cuando no obedece. Y cualquier persona que formule una pregunta incómoda termina incorporada al mismo expediente: el expediente de los enemigos.

Quizá lo más llamativo de esta etapa ya no sea la cantidad de conflictos que rodean a Trump, sino la naturaleza de sus reacciones. Cada vez parece menos........

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