Inteligencia artificial y reconstrucción de gobiernos
Hace unos días, el Decano de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard, Jeremy Weinstein, estuvo en nuestro país. Tuve la oportunidad de conversar con él en la Ciudad de México, y posteriormente en Monterrey, sobre algunos de los grandes desafíos que enfrentan hoy las democracias, las instituciones públicas y las empresas ante la aceleración tecnológica que está transformando al mundo.
Como egresado de la maestría en políticas públicas de Harvard, mi conversación con Weinstein fue fascinante porque el profesor no pertenece al grupo de tecnólogos ingenuos que ven a la inteligencia artificial como una solución mágica para todos los problemas humanos. Su aproximación es mucho más profunda. Más política. Más institucional. Más realista.
Su tesis central podría resumirse así: la inteligencia artificial no es solamente una revolución tecnológica; es una transformación de la capacidad del Estado, de la democracia y de la relación entre ciudadanos e instituciones.
Y mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en el reto que tendrán las nuevas generaciones para reconstruir gobiernos. Enfrentarán exactamente muchos de los problemas que Weinstein describe: burocracias lentas, instituciones fragmentadas, exceso de trámites, débil coordinación gubernamental, baja capacidad de ejecución, corrupción, pérdida de confianza ciudadana y sistemas públicos que frecuentemente reaccionan demasiado tarde frente a problemas cada vez más complejos.
Durante décadas, los gobiernos fueron diseñados para un mundo relativamente estable, lento y predecible. Un mundo de expedientes físicos, jerarquías rígidas y flujos de información verticales. Los gobiernos fueron diseñados bajo supuestos de la era industrial: escasez de información, comunicación jerárquica, ciclos lentos de decisión, administración basada en papel, conocimiento altamente centralizado.
En The Nerves of Government (1963), Karl W. Deutsch desarrolló una idea extraordinariamente adelantada a su tiempo: los gobiernos funcionan como sistemas nerviosos capaces —o incapaces— de percibir información, procesarla, aprender y reaccionar frente a su entorno.
Para Deutsch, el verdadero poder de un Estado no dependía solamente de leyes, ideologías o fuerza coercitiva, sino de su capacidad para comunicar, coordinar y adaptarse. Un gobierno eficaz es aquel que recibe señales correctas de la sociedad, corrige errores, aprende continuamente y responde con velocidad e inteligencia a los cambios del entorno.
Cuando los “nervios” del gobierno se saturan, se aíslan o dejan de transmitir información de calidad, las instituciones comienzan a reaccionar tarde, pierden capacidad de coordinación........
