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El precio invisible de la polarización perniciosa

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27.06.2026

“A house divided against itself cannot stand”. Pronunciada en 1858 en el contexto de la crisis de la esclavitud y la inminente Guerra Civil estadounidense, la advertencia de Abraham Lincoln trascendió su época para convertirse en una ley de hierro de la ciencia política moderna: las mayores amenazas para la supervivencia de una nación rara vez provienen de ejércitos extranjeros o de crisis financieras exógenas; surgen de las divisiones de su propia sociedad.

Hoy vivimos en una era de sociedades profundamente fracturadas. La confrontación política ha alcanzado niveles que parecían impensables hace apenas unas décadas. Las plataformas digitales y las redes sociales amplifican los desacuerdos, los algoritmos premian la indignación por encima del consenso, y la geopolítica contemporánea aprovecha estas grietas domésticas a través de sofisticadas campañas de desinformación.

La irrupción de la inteligencia artificial acelera la producción de información altamente persuasiva pero no necesariamente verídica, lo que dificulta la existencia de un piso mínimo de hechos compartidos.

Toda democracia necesita el debate, la competencia y la discrepancia; sin pluralismo, la libertad se extingue. La paradoja fundamental de la democracia es que necesita el conflicto para mantenerse viva, pero demasiado conflicto termina por destruirla.

La pregunta decisiva es: ¿qué ocurre cuando las diferencias políticas dejan de administrarse institucionalmente y se transforman en identidades irreconciliables?

La paradoja democrática y la polarización perniciosa

Para responder a esta interrogante, la ciencia política contemporánea ha desarrollado un concepto fundamental que aleja la discusión del simple debate moral: la polarización perniciosa (pernicious polarization). Académicos de la talla de Jennifer McCoy, Thomas Carothers y Murat Somer la definen como el proceso mediante el cual la política deja de organizarse alrededor de diferencias programáticas o de opinión y comienza a estructurarse bajo una lógica binaria y existencial de “nosotros contra ellos”.

En una democracia saludable, existe el pluralismo: los partidos compiten intensamente por políticas públicas, pero se reconocen mutuamente como rivales legítimos que comparten un marco constitucional común. Cuando la polarización se vuelve perniciosa, la identidad política devora y absorbe todas las demás identidades sociales —religión, geografía, educación, raza y cultura— hasta convertirlas en bloques homogéneos e impermeables.

Bajo esta dinámica, el adversario deja de ser un competidor legítimo y pasa a ser visto como una amenaza existencial para el futuro de la patria. El compromiso y la negociación, que constituyen la esencia del quehacer democrático, dejan de ser virtudes cívicas y comienzan........

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