De rodillas la comentocracia como sombra de las mascotas de EEUU
(Proemio: Espero que mis amigos columnistas no se enojen si les llamo rogones. Esperanza inútil, diría el bolero: siempre se molestan. A los críticos les requeteencabrona que se les critique. Juro que lo hago con cariño).
No existe una canción más rogona que la muy bella Ne me quitte pas —No me dejes—, del belga Jacques Brel. Obra maestra en la que un hombre se humilla hasta extremos inimaginables para suplicar a la amante que no lo abandone. La cima de la degradación personal. El protagonista suplica que no lo dejen, promete imposibles y renuncia a su orgullo con tal de conservar a su compañera. Incluso acepta convertirse en la sombra de la sombra de ella y aun en “la sombra de su perro” para que la mujer se quede.
Hay más canciones así:
Mon Dieu, en voz de Édith Piaf. Con música de Charles Dumont y letra de Michel Vaucaire, es una súplica cuasi religiosa. Piaf le ruega a Dios que le permita conservar a su amante siquiera unos días más.
En D’amor sull’ali rosee, de Il trovatore, de Giuseppe Verdi, Leonora, desesperada, canta a la noche y pide que sus suspiros lleguen a Manrico. Es la entrega amorosa en el límite del sacrificio de la propia vida.
En nuestro medio, José José inmortalizó Si me dejas ahora, de Camilo Sesto. El cantante declara no ser capaz de sobrevivir si se va la mujer que lo deja hundido en el lodo. Expresión extrema de dependencia emocional.
Queen externó su dosis de humillación amorosa en Love of My Life, en la que Freddie Mercury cae en la mendicidad afectiva. Algo semejante ocurre con el sentimiento expresado por Bob Dylan en Make You Feel My Love, donde se declara dispuesto a soportar cualquier adversidad con tal de conseguir el amor de la otra persona. Hasta los Beatles le cantaron al miedo al abandono en Don’t Let Me Down.
El tango Qué falta que me........
