La institucionalización de la mediocridad pública
El Estado no se retiró. No adelgazó. No dejó de intervenir. Está ahí: regula, cobra, comunica, inaugura. El problema es más incómodo: opera con un estándar cada vez más bajo. Cumple lo indispensable. A veces ni eso. Y lo hace sin pagar un costo proporcional. No hay crisis visible. Hay algo más corrosivo: la institucionalización de la mediocridad. Un sistema que sigue en pie porque aprendió a funcionar mal sin consecuencias reales. En ese terreno degradado, además, se abre una dimensión crítica: la relación —a veces lejana, a veces inquietantemente cercana— entre autoridades y estructuras del crimen organizado, que terminan ocupando los espacios que el Estado abandona o administra deficientemente.
Primero. La relación entre ciudadano y autoridad se ha transformado en silencio. El reclamo perdió eficacia. La expectativa se redujo. Se asume que el trámite será lento, que el servicio llegará incompleto, que la respuesta institucional será parcial. Lo deficiente dejó de ser excepción. Se volvió regla.
Esta normalización no es neutra. Erosiona la noción misma de derecho. Donde antes había exigencia, hoy hay resignación. Donde había expectativa de cumplimiento pleno, hoy basta con una respuesta mínima. El ciudadano ya no evalúa calidad. Evalúa........
