Hambre de poder
Colombia lleva meses viviendo una de las disputas electorales más reveladoras de su historia reciente. No porque los colombianos estén eligiendo entre dos proyectos de país, sino porque están eligiendo entre dos impulsos muy distintos: el de transformar y el de perpetuar. Entre quienes quieren construir algo nuevo y quienes, sencillamente, no quieren soltar el poder que ya tienen.
La izquierda colombiana lleva años perfeccionando un relato. El del pueblo oprimido, el de los olvidados, el de la deuda histórica que la élite nunca ha saldado. Es un relato que tiene partes verdaderas. Colombia tiene deudas sociales enormes, territorios abandonados, millones de personas que nunca han visto el Estado como aliado. Pero ese relato legítimo se ha convertido, con el tiempo, en un instrumento. Ya no es una hoja de ruta para cambiar el país. Es el combustible para mantenerse en el poder.
Porque si algo ha demostrado el Gobierno del presidente Petro es que la indignación no alcanza para gobernar. Cuatro años de retórica encendida, de enemigos declarados en cada esquina, de reformas anunciadas y naufragadas, de cifras discutidas y estadísticas maquilladas. El desempleo sigue siendo una herida abierta. La salud, un caos. La seguridad, una promesa rota. Y la respuesta del Gobierno a cada fracaso ha sido siempre la misma: más enemigos, más culpables, más polarización.
Eso no es gobernar. Eso es sobrevivir políticamente a costa del país.
Al centro de la esperanza
¿Quiénes en realidad defienden un proyecto neofascista?
Democracia o dictadura
18.677 razones para........
