‘La Odisea’, nuestra odisea
Con curiosa sabiduría me dijeron alguna vez que ser colombiano es adverso. Pero serlo también implica vivir las pasiones y el sentimiento de forma algo desmedida. Implica saber lo que es ser feliz. Es padecer y sonreír, es experimentar ocasos y amaneceres y no perderse en la monotonía seca y fría que conozco de otros países. Esta generalización es un imposible, pero aun así, la hago en medio de este luto nacional.
Cada aumento que llega en la cifra de fallecidos y desaparecidos me duele. Los acompaño en su dolor con una sensibilidad mayor, quizá porque la tragedia golpeó las puertas de mi casa hace tres meses, cuando perdí a mi hija que iba a nacer muy pronto. A dicho dolor se sumó el maltrato de quienes pregonaban humanidad, pero se suavizó gracias a los que la practicaron sin tener que usar muchas palabras.
Cada historia se puede contar y es a su vez indescriptible. Cada situación de duelo se puede relatar e imaginar, pero no se puede simular en el interior de quien no la vive. Por eso pienso hoy al ponerle título a esta columna, no en una película, sino en una palabra derivada de una obra magistral que en cada era se reinterpreta. Pienso en una, en muchas odiseas.
En sexto grado tuve que leer La Odisea en el colegio San Carlos. Me obligaron, como a todo bachiller en su momento, y no me gustó la experiencia, pero sí las imágenes que producía mi mente. Pero no la entendí. Años después, cuando me interesé mucho más por Grecia y su idioma, la leí y tampoco la........
