El péndulo regresó con fuerza
Terminó una de las contiendas electorales más caóticas de los últimos tiempos. Un presidente que hizo campaña política abierta por su candidato, llegando al descaro de publicar encuestas falsas para impulsarlo, unas redes sociales plagadas de mentiras y dos candidatos que se negaron a debatir y prefirieron recitar monólogos dirigidos a sus propios radicalismos.
Pero al final los colombianos decidieron y entregaron la responsabilidad del liderazgo del país a Abelardo De La Espriella, un outsider de la política, que llegó recogiendo el hastío de la nación con el petrismo. Hace cuatro años, Gustavo Petro prometió un mandato contrario a todo lo que finalmente fue: este fue un Gobierno corrupto, plagado de funcionarios cuestionados nombrados en cargos estratégicos y con una narrativa permanente de confrontación con quienes pensaban distinto.
Además, este Gobierno hizo que el Estado fuera cada vez más costoso y menos eficiente. Mientras crecían las necesidades de los ciudadanos, también lo hacía el gasto público. Según cifras del Ministerio de Hacienda, la deuda bruta llegó al 65,1 por ciento del PIB, el nivel más alto para un primer trimestre desde 1999. Para cerrar el panorama, el Gobierno decidió ahogar la empresa insignia de Colombia, Ecopetrol, entregándosela a un impresentable presidente como Ricardo Roa y condenando al país al freno de la industria minero-energética.
El triunfo de Abelardo De La Espriella significa el cansancio de los colombianos con todo esto. No es el nuevo presidente, ni mucho menos un gran líder político, ni un gran empresario, ni un respetuoso de la diferencia. Pero logró recoger el cansancio y llegó a la presidencia prometiendo lo que gran parte del país anhela: mano........
