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Los rostros del mal cotidiano y la necesidad de una ética de la resistencia

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21.05.2026

“Los malos van a ganar; lo siento. Lo que pasa es que no podemos dejar que el malo gane cómodamente. Tenemos que aspirar, como mínimo, a que al malo le duela el hígado”. Arturo Pérez-Reverte afirma un hecho que es irremediablemente triste e irremediablemente cierto. Y es que la victoria suele estar del lado de quienes no tienen escrúpulos: desde sociópatas y psicópatas perfectamente integrados en estructuras de poder hasta hombres y mujeres triviales que, sin especial malicia, se pliegan a la indolencia dominante, tal y como lo escribió Hannah Arendt en su inmejorable meditación sobre la banalidad del mal: “El mal no necesita monstruos, solo personas que dejen de pensar”.

En el fondo, los malos suelen dividirse en dos grandes categorías. Por un lado, están los superficiales y moralmente adormecidos. Individuos que no comprenden del todo aquello en lo que se han convertido y que, quizá por eso, participan del mal por conformismo, cobardía o simple inercia social. Por otro lado, existen los incontinentes descritos por Aristóteles, es decir, aquellos que saben perfectamente lo que hacen y, aun así, deciden obrar mal porque su ambición, su resentimiento, su envidia y su voracidad de poder y de dinero pesan más que cualquier exigencia........

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