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Vacaciones a la vista: el espejo de nuestra depredación

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02.06.2026

Tenemos el billete en la mano y una sonrisa de suficiencia. Ya nos vemos allí, «conectando» con lo ancestral. Pero antes de que cerremos la maleta, hagamos un pequeño ejercicio: imaginemos que mañana, al abrir la puerta de nuestro piso en Bilbao, Donosti o Iruñea, nos encontramos con una comunidad indígena del Amazonas instalada en nuestro pasillo. No nos han pedido permiso. Han decidido que nuestra cocina o nuestra salita es un escenario “exótico” para su próximo ritual y se dedican a mirar entre las plantas de tu hogar mientras te graban con el móvil porque les parece que tu vida de oficinista es “exótica” o “pintoresca”. ¿Te parecería una experiencia enriquecedora o sentirías que tu autonomía y tu intimidad han sido violadas de forma intolerable?

¿Qué harías? ¿Llamarías a la policía denunciando una violación de tu espacio de privacidad? Seguramente. Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos nosotros cuando aterrizamos en sus tierras. Consideramos que nuestro dinero nos da una “licencia de ocupación”. Entramos en sus aldeas, en sus ritos y en su cotidianidad con la misma arrogancia con la que ellos ocuparían tu casa. La diferencia es que ellos no tienen a quién llamar. Tú eres la autoridad, porque tú eres el que paga.

El turista como depredador neocolonial

Lo que llamamos «intercambio cultural» es, en realidad, una relación de poder unidireccional y violenta. Vamos a buscar al “pobre indígena” para compartir un baile o una comida, convencidos de que somos “compañeros de fiesta”. Es una farsa. No hay reciprocidad; hay una transacción mercantil donde compramos la identidad del otro para consumirla en pequeñas dosis de quince minutos.

Es una mirada eurocentrista y blanca que........

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