El trotskismo y el marxismo revolucionario en el siglo XXI
Lenin definiera el siglo XX como un siglo de “guerras y revoluciones”. Lo sucedido desde 1914 hasta hoy lo confirma: dos guerras mundiales, guerras de liberación nacional en África y Asia en la segunda mitad del siglo, 1/3 de la población mundial liberada de la explotación capitalista y su restauración en los 90. Tras esta fecha, las guerras no pararon por mucho que vendieran la “pax americana”, la I Guerra de Irak, el “retorno”·de la guerra a Europa en Yugoslavia y el Cáucaso, la II Guerra de Irak, la guerra permanente en Palestina y Oriente Próximo, la del Sahara, el Sahel, etc. El capitalismo en más de un siglo provocó con sus guerras alrededor de 200 millones de muertos y la destrucción de países enteros.
El siglo XXI que se ha abierto con un nuevo ciclo por el reparto del mundo entre las potencias imperialistas, en medio la decadencia del sistema capitalista y la amenaza del colapso medioambiental, es una confirmación de que el “siglo de las guerras y las revoluciones” no ha acabado.
Por este motivo, es clave actualizar la teoría de la revolución socialista que, tras cuarenta años de triunfo del pos marxismo y del neoreformismo, se ha visto negada constantemente, como recientemente ha hecho J L Melenchon quien, siguiendo las tesis populistas de Laclau y Mouffe que inspiraron el desastre de Podemos en España, la considera “anticuada”, y bajo el lema de “ahora el pueblo” la sustituye por una “revolución ciudadana” abstracta. Cuando el mundo se debate entre el “socialismo” y la “barbarie”, el neoreformismo viene a negar la mayor, no estamos en la fase de las revoluciones socialistas y reducen todo a la reforma del sistema capitalista.
La realidad nos dice justo lo contrario, en lo que va del siglo XXI hemos asistido a varios procesos revolucionarios como lo fueron los levantamientos en el mundo árabe, la revolución chilena de 2019, los inicios del Maidan en Ucrania. Fueron procesos revolucionarios como muchos de los que se dieron en el XX, desde la revolución de 1919 en Alemania hasta la última revolución de ese siglo, la nicaragüense.
Un proceso revolucionario es un hecho objetivo que no se puede negar por su resultado, sino, en el siglo XX pocos procesos hubieran sido revolucionarios, ni las revoluciones alemanas derrotadas, ni la española del 36, ni la portuguesa del 74, ni la nicaragüense del 79; por poner algunos ejemplos. Negar un proceso revolucionario por su resultado es como si uno niega la existencia de un partido de futbol porque tu equipo sale derrotado; la tarea no es negar su existencia para justificarse o hacer la política del avestruz: de lo que no existió no se habla; sino todo lo contrario, es analizarlos para ver en que condiciones se dieron y donde se han cometido los errores que han conducido a ese resultado.
Que significa ser “trotskista”
El término “trotskista” fue creado en los años 20 por la burocracia soviética para referirse a todo aquel que enfrentaba el proceso de burocratización que atenazó la URSS, fuera o no simpatizante de Trotski; al final se convirtió en la denominación de toda una corriente del marxismo. Paradójicamente la burocracia con esa definición ponía de manifiesto el verdadero carácter del “trotskismo”; debía ser el reagrupamiento de todas las corrientes del marxismo que, frente a la “teoría” del “socialismo en un solo país” desarrollado en la URSS, defendiera el carácter internacional de la revolución y su conclusión organizativa, una Internacional Revolucionaria.
La derrota de la clase obrera y el retroceso que supuso la consolidación de la burocracia en la URSS, manifestado en el salto atrás que fue la reaccionaria Constitución de 1936 frente al carácter profundamente revolucionario de la aprobada en 1924, hizo que esas corrientes sufrieran un proceso de dispersión. El elemento aglutinador que significaba la victoria de Octubre del 17 se debilitó, de ahí la profusión de organizaciones que, rechazando la burocratización de la URSS, no fueran capaces de reagruparse alrededor de una organización internacional: eran hijos de esa derrota. Esas corrientes del marxismo revolucionario, luxemburguistas, bordiguistas, consejistas, etc., fueron las organizaciones en la que se manifestaron. El exilio y el asesinato de Trotski significó la puntilla a cualquier reagrupamiento alrededor de una figura que representaba la continuidad de la lucha de manera revolucionaria contra la guerra imperialista, por el carácter internacional de la revolución de Octubre y la necesidad de una Internacional como partido de la revolución mundial.
Aun así, Trotski fue capaz de dejar lo que para él fue su gran obra, la IV Internacional. Una Internacional que tuvo que pasar la prueba de la II Guerra Mundial, la derrota del fascismo y las revoluciones que la siguieron, y, tras el colapso de la URSS, la restauración del capitalismo en los estados obreros, así como la persecución tanto por la reacción burguesa como por los regímenes burocráticos; y aun así, fue capaz de sobrevivir hasta hoy cuando decenas de organizaciones en todo el mundo se reivindican de su legado.
Si aceptamos la II ª Tesis sobre Feuerbach de Marx, cuando dice “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico”, es evidente la fortaleza del trotskismo como síntesis del marxismo revolucionario relegado a la marginalidad en los años 30 por el llamado “marxismo oficial”; que no era otra que esa ideología religiosa, “marxista-leninista”, en la que la burocracia soviética había convertido el pensamiento de Marx, Engels y Lenin.
Las ideas centrales del trotskismo
1.- El internacionalismo proletario
Cuando Trotski afirmaba que su gran obra era la IV Internacional estaba dando continuidad a todo el marxismo revolucionario desde El Manifiesto Comunista, cuyas palabras finales definen al propio trotskismo: ¡Proletarios de todos los Países, uníos!. Fue otra de las grandes representantes del marxismo revolucionario, Rosa Luxemburgo, quién trasladará esa idea a lo organizativo con la frase, “mi patria es la internacional”. La clase obrera no tiene patria, sino una organización internacional para la revolución socialista.
La construcción de una Internacional Revolucionaria que retomara los caminos de las internacionales precedentes ante la degeneración burocrática de la URSS que iba culminaría con la disolución de la IIIa Internacional en aras de la “coexistencia pacifica” con el imperialismo.
Fue la consecuencia lógica de la concepción del carácter internacional de la explotación capitalista, que unifica a toda la clase obrera por encima de las fronteras nacionales. Hablar de internacionalismo proletario y no plantearse la construcción de un partido internacional que retome la lucha de las anteriores internacionales es un saludo a la bandera, una frase vacía de contenido para ocultar un profundo nacionalismo. Es lo contrario a lo que Marx, Engels y todos los marxistas revolucionarios defendieron.
Esta es la primera gran idea: el internacionalismo proletario que se manifiesta tanto en su vertiente de la revolución, que “comenzará en la arena nacional, se desarrollará en la internacional y solo culminará en la mundial”, como dice Trotski en la Revolución Permanente, como en su vertiente organizativa, la construcción de un Partido para la revolución socialista mundial, una Internacional.
2.- La democracia obrera
El trotskismo como síntesis de las tradiciones del marxismo revolucionario tienen en la Comuna de París de 1871, aunque efímero fue primer estado obrero de la historia, un ejemplo de organización del estado sobre la base de la democracia obrera. Este ejemplo fue corregido y aumentado por la Revolución de Octubre y la construcción del nuevo estado sobre a la base de la democracia obrera, la república de los consejos de obreros, soldados y campesinos (los soviets).
A partir de ese momento, la lucha entre los marxistas revolucionarios y las corrientes burocráticas de la clase obrera (social democracia clásica, stalinismo en sus diversas variantes) tiene como uno de sus puntos de ruptura el desarrollo o no de las formas de organización democrática en el camino de la lucha por el poder.
En 1919, en la revolución alemana, esta lucha tomo la forma de la integración de los consejos obreros y de soldados en el estado burgués, que era la política del SPD, o su desarrollo como órganos del poder obrero que era lo que defendía la Liga Espartaco. La derrota de la revolución alemana y el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht supuso la disolución de los consejos y la estabilización de la república de Weimar.
En la revolución española toda la obsesión del gobierno de la República burguesa y el stalinismo fue la restauración de la unidad del ejército republicano, rota por el golpe militar, y la disolución de los comités, juntas revolucionarias y las columnas de las organizaciones obreras surgidas de la derrota del golpe de........
