Milei en alusión a John Locke: La tierra es de quien (no) la trabaja
El 26 de julio de 2026, en un discurso para la Sociedad Rural , el presidente de Argentina Javier Milei, con su entonación más propia de los “comunicados a la población” de la última dictadura militar leyó en un podio:
“Esta tierra es mía, yo la trabajé entonces es mía su cosecha”.
La idea hace referencia a la fundación del liberalismo capitalista por parte de John Locke, quien escribió:
“el pasto que ha comido mi caballo; las hierbas que mi siervo ha cosechado; y los minerales que he excavado en cualquier lugar donde tenga derecho a ellos en común con otros, todo se convierte en mi propiedad, sin necesidad de asignación o consentimiento de nadie; el trabajo que era mío, el que sacó todo eso del estado común en que estaban, los ha transformado en ellos mi Propiedad”.
Ni Locke ni mucho menos Milei trabajaron ninguna tierra apropiada sino sus siervos, como el mismo Locke lo deja en claro, pero esta fantasía fundadora de la privatización de las tierras comunales europeas primero y de todas las tierras nativas en América, Asia y Asia después les sirve de confirmación fanática para expropiar, matar y robar no sólo el trabajo ajeno sino sus tierras también.
A continuación, un capítulo de libro Moscas en la telaraña. Historia de la comercialización de la existencia―y sus medios (2023). Hemos retomado esta idea en otro capítulo de nuestro último libro Tawíscara. El secuestro de la democracia (2026), donde mostramos y demostramos que el único ejemplo de democracia real, la nativo americana, fue posible por su ausencia de propiedad privada de acumulación. La misma idea y las mismas referencia publicamos en artículos en medios latinoamericanos, los cuales seguramente el presidente Milei no leyó ninguno.
John Locke: la tierra es de quien (no) la trabaja
La concentración de tierra en menos manos produjo también la concentración de población en menos ciudades. En 1500, cuando Tenochtitlan (México) era una ciudad racionalmente planificada, higiénica, con un mercado intenso y su población ascendía a 400.000 habitantes, Londres era una ciudad sucia e insalubre con apenas 60.000 habitantes. Para 1700 seguía siendo sucia e insalubre, o más que antes, y su población llegaba a 600.000. En 1890, en el apogeo del imperialismo global británico, llegó a 5,5 millones. Estos números esconden un factor fundamental: la precarización de la existencia en manos del mercado convirtió a dueños y arrendatarios estables en asalariados o arrendatarios inestables, ambos sujetos a las volátiles leyes del mercado. Nada volátiles para aquellos ocupados en el proceso de acumularon capitales. Los desposeídos por la agresiva mercantilización de la tierra inglesa migraron a la gran ciudad como en el siglo XIX los esclavos liberados, nuevos ciudadanos pero sin tierra, debieron buscar trabajo en las grandes ciudades estadounidense para sobrevivir de las propinas o, más recientemente en el siglo XX, los indígenas, negros y campesinos pobres latinoamericanos sin tierra fueron a buscar trabajo en las industrias y servicios de las grandes ciudades y terminaron creando masivos asentamientos suburbanos llamados favelas o villas miseria. Un proceso que, como siempre, repetía otros en las naciones imperiales llamadas “desarrolladas” pero de forma tardía y sin posibilidades para expandirse de forma autoritaria en otras regiones del mundo ya ocupadas por los imperios dominantes.
Los desposeídos ingleses fueron la fuerza principal que produjo la Revolución Industrial, así como siglos más tarde los esclavos en las Américas y los desposeídos hasta más recientemente fueron y son la fuerza principal en la provisión de materias primas baratas para ese mismo proceso que ya lleva unos cuantos siglos. De la misma forma que el despojo de tierras y de derechos del campesino durante el feudalismo (como el derecho a habitar, el derecho a las tierras comunales y el derecho a una renta fija) produjo rebeliones en continentes periféricos o coloniales, como América Latina, así habría ocurrido antes en la misma Europa y, más precisamente, en el centro de este nuevo cambio de paradigma social: Inglaterra.
Está de más decir que en esta aventura humana, una minoría (de clase, de nacionalidad) acumuló casi todos los beneficios y todos los créditos resultantes del esfuerzo colectivo. Como lo analizó la historiadora Ellen Wood, “sólo los avances tecnológicos no fueron responsables por la llamada ‘revolución agrícola’, base de la industrialización posterior; por otra parte, los cambios tecnológicos que iniciaron la ‘Revolución Industrial’ fueron, en todos los casos, muy modestos”.[i] Hay que agregar que esos y otros avances tecnológicos ya estaban en marcha en India y Bangladesh antes de ser destruidos por el luminoso Imperio Británico a fuerza de cañón, de leyes proteccionistas y de imposiciones mercantiles en nombre de un libre mercado estratégicamente destruido en beneficio de la civilizada Europa. Del detalle de los cientos de millones de muertos en el proceso, hablaremos más adelante.
El famoso político y escritor inglés, Thomas More, se consideraba a sí mismo uno de los desplazados por la privatización y concentración de la tierra. Como en muchos casos el fenómeno estaba motivado por la expansión de los criadores de ovejas, More lo definió en su clásico libro Utopía como el proceso por el cual “las ovejas se comen a los hombres”.[ii] A fines del siglo XVIII, un nuevo invento reemplazará la lana y el lino por el algodón, el que ya era ampliamente usado en Asia. Como siempre, alguien de abajo pagará por ese nuevo progreso. En este caso, serán los esclavos del Sur de Estados Unidos primero y, a partir de 1836, los mexicanos con la expansión de la esclavitud estadounidense y la pérdida de más de la mitad de su territorio. Finalmente, como lo observa la historiadora Ellen Wood, el despojo y desalojo de los campesinos por la fuerza en Inglaterra fue legalizado por el Parlamento y luego legitimado como Ley de la naturaleza y Voluntad de Dios por intelectuales como John Locke.
En su Second Treatise of Government, publicado en 1639 de forma anónima, Locke (no un desplazado sino un terrateniente) reflexionó sobre uno de los mayores temas de discusión de la época, el problema de la propiedad, operando una transición narrativa que justificó de forma insuperablemente efectiva, el nuevo predominio de la propiedad privada sobre la propiedad comunal: “Dios, que ha dado el Mundo a los Hombres en posesión común, también les ha dado la razón para hacer uso de él para la mejor ventaja de la Vida y conveniencia (…) Todos los frutos que produce la naturaleza y las bestias que alimenta pertenecen a la Humanidad en común (…) Ningún cuerpo tiene originalmente un Dominio privado, exclusivo del resto de la Humanidad, ya que están así en su estado natural. Sin embargo, al estar dados para el uso de los Hombres, debe haber necesariamente un medio para apropiarse de ellos. La fruta, o venado, que alimenta al indio salvaje, que no conoce cercado, y es........
