Colapso banal
Este artículo forma parte de la reflexión sobre lo que he denominado hipernormalización del colapso (Hernàndez, 2025): el proceso mediante el cual una crisis civilizatoria de carácter estructural —ecológica, energética, económica, cultural y simbólica— es integrada en el paisaje cotidiano hasta volverse perceptivamente soportable, políticamente administrable y simbólicamente integrada. No estamos ante una negación frontal del colapso, sino ante su absorción capilarizada dentro de un marco de normalidad ficticia, es decir, de hipernormalidad. La degradación envolvente en curso, esa cutrificación o cutrefacción intensificada de la que habla Antonio Turiel (2026a, 2026b), se intenta diluir o disimular tras una anodina fachada de presunta normalidad. La excepcionalidad apocalíptica, por tanto, no se admite ni se declara, sino que se difumina, se liofiliza y se procesa, paradójicamente, como un cúmulo de incidencias aisladas o inesperadas.
La hipernormalización y el colapso banal
Retomando el análisis de Alexei Yurchak (2024) sobre la fase terminal de la Unión Soviética, la hipernormalización describe una situación en la que todos saben que el sistema no funciona, pero continúan actuando como si funcionara porque no existe un lenguaje legítimo para nombrar su agotamiento. En el contexto contemporáneo, esta dinámica adopta una forma específica: sabemos que el crecimiento capitalista indefinido es biofísicamente imposible, que la estabilidad climática pertenece al pasado, que las desigualdades se amplifican y que la energía fósil que sostuvo la expansión industrial entra en declive, que los materiales y minerales disponibles para hacer funcionar el sistema han entrado en una fase crítica, que el capitalismo deviene ecocidio global y genera una concatenación de explosivas crisis multidimensionales a gran escala, de consecuencias imprevisibles. Sin embargo, la articulación entre la maquinaria institucional, legal, mediática y económica del sistema y la densa red de subjetividades hegemónicas, sigue operando bajo la ficción de continuidad.
La hipernormalización del colapso no es solo un fenómeno psicológico individual, sino un régimen cultural de percepción colectiva. Funciona como dispositivo masivo de estabilización simbólica frente a la angustia del hundimiento y la percepción fragmentada de sus señales. Mantiene el imaginario de control mientras las bases materiales se erosionan. Permite que la degradación se convierta en rutina aceptable en la cotidianidad vital de los individuos. Y, sobre todo, evita preventivamente que la conciencia de crisis profunda se transforme en ruptura política radical.
Desde esta perspectiva, el concepto de colapso banal que aquí se desarrolla puede entenderse como la dimensión estética, discursiva e institucional de esa hipernormalización de fondo. Si la hipernormalización constituye la lógica estructural —el “hacer como si”—, el colapso banal es su manifestación concreta en el lenguaje, en los rituales mediáticos, en las agendas públicas y en las prácticas administrativas. Ambos conceptos no se superponen, sino que se articulan: la hipernormalización es el marco profundo; el colapso banal, su forma visible y operativa.
Para comprender mejor esta lógica, resulta iluminador recuperar el concepto de nacionalismo banal formulado por Michael Billig (2014). Este autor mostró que el nacionalismo no se reproduce únicamente a través de grandes gestos épicos o conflictos abiertos, sino sobre todo mediante prácticas discretas e invisibles que recuerdan constantemente quiénes somos “nosotros”. La nación o comunidad nacional se mantiene viva en los pronombres, en los mapas meteorológicos, en la expresión “nuestro país”, en la bandera institucional, en las selecciones deportivas nacionales, en las Olimpiadas o en el festival de Eurovisión, así como en multitud de detalles aparentemente insignificantes. Su eficacia radica en su naturalización ordinaria: al confundirse con lo normal, deja de percibirse como ideología y como proyecto político de determinados sectores sociales dominantes.
El colapso banal opera con un mecanismo análogo. En él, no se niega la crisis, sino que se la integra en una acumulación de problemas del día a día, que poco a poco se van asimilando como monótonos y casi inevitables, como sucede por ejemplo con las deficiencias crónicas en el servicio de Rodalies de Catalunya o con la precarización endémica del sistema de salud en la Comunidad de Madrid, por citar sólo dos ejemplos cruelmente llamativos. En la mecánica del colapso banal no se ocultan los incendios de nueva generación, las sequías persistentes, las inundaciones repentinas, la desertización de los suelos o las guerras por recursos; más bien todos estos episodios aparecen fragmentados, distorsionados y encapsulados como sucesos accidentales. Cada fenómeno aparece como rareza inesperada, como “suceso”, nunca como manifestación convergente de un proceso sistémico degenerativo. El lenguaje amortigua la realidad colapsada:........
