Pueblos afromexicanos esperan congruencia gubernamental
Hay frases que duran unos segundos y tardan dos siglos en llegar. La noche del 15 de septiembre, desde el balcón de Palacio Nacional y frente a un Zócalo repleto, la presidenta Claudia Sheinbaum pronunció una de ellas: “¡Vivan los Pueblos Indígenas y Afromexicanos!”. Era la primera vez que la ceremonia que marca la identidad de México nombraba de manera explícita a los Pueblos Afromexicanos. Esa noche también se aclamó a Vicente Guerrero, hijo de las comunidades afrodescendientes e indígenas del sur, que como presidente abolió la esclavitud en 1829.
Sheinbaum no habló de personas afromexicanas; ella dijo “Pueblos Afromexicanos”. Esa palabra, “pueblos”, pesa. Hablar de personas nos coloca en el terreno de los derechos individuales. Hablar de pueblos es reconocernos como sujetos colectivos, con historia, instituciones propias, formas de organización y, sobre todo, territorios.
Ese mismo debate se libra en las negociaciones internacionales sobre biodiversidad y clima. Allí, muchos gobiernos todavía prefieren la fórmula más cómoda de “personas afrodescendientes” o nos diluyen en la categoría de “comunidades locales”. Esa elección de palabras tiene consecuencias concretas, porque sólo un pueblo reconocido puede reclamar derechos sobre su territorio, participar en las decisiones y acceder directamente al financiamiento. En la Coalición Internacional de Territorios y Pueblos Afrodescendientes de América Latina y el Caribe (CITAFRO) lo hemos dicho desde la Declaración de........
