Rafael Blasco García: «Madrid apesta a política»
Sigue arriando el verano sus banderas. En la Moncloa se ha instalado un panal de abejas negras haciendo cera de funeral. Demasiados mártires de folletín en esta cueva laberíntica de Alí Babá –continuamente censurada por la oposición cuando no puede habitarla– en la que no hay espacio para las cabezas lúcidas que cultivan la dignidad. El ciudadano percibe la democracia como un casino con todas las ruletas trucadas. Roma no paga a traidores, pero España (que se lo pregunten a Víctor de Aldama) sí. La gran novela corta de la vida sigue con los mismos argumentos en todo el espectro político, tanto de derechas como de izquierdas. Nuestro presidente lleva tiempo cogiendo su fusil dialéctico, pero ha llegado el momento en el que Sánchez ya no cree ni en Sánchez.
La aguda espina dorada y machadiana sigue clavada en el corazón de nuestra política. El ciudadano se sumerge en el bosque democrático dejando, como Pulgarcito, su pequeño reguero de ideales, pero aquí se los come el sistema y deja desdibujado el camino de regreso a la esperanza. El baño inverso de multitudes está presente en una sociedad presidida por la decepción. En la vida española tan solo se sigue moviendo el cambio horario y una fina habilidad presidencial para tejer, con todos los hilos precisos de la trama, el palio del cesarismo.
La convivencia democrática, próxima a Groucho Marx, está perdiendo toda coherencia con sus continuos balbuceos, acciones deshonestas, contactos furtivos y una continua politización de los mares y las mareas, en paralelismo con la épica del dinero que ignora la existencia de la mala conciencia. El moderantismo español consiste menos en ser que en parecer, en esta diplomacia de entretiempo en la que la única realidad de muchos personajes es su sueldo. Sánchez ha consumado sus peripecias; el paisaje se ha espesado mostrándonos un laberinto de despachos y una alambrada de juzgados. La política es cada día más política y vende a plazos sus torpezas a una ciudadanía fatigada y conocedora del talante presidencial que, golpe a golpe y verso a verso, ha puesto un pie en el escalón del fracaso, que es el escalón de la vida que lleva hacia un gobierno desgobernado, exhibiendo sus inconsecuentes banalidades en los salones nocturnos de la luna.
Sánchez tiene bajo la cama su manual de resistencia/bacinilla en el que vierte con desahogo la luz de la socialdemocracia. El Partido Popular aprovecha estas aguas turbias para llamarnos desde la ola homérica y persuadirnos, con pocas palabras, de que la verdad no está allí ni aquí, de que la verdad se llama Feijóo, convencidos de que el pueblo no diferencia los verbos “oír” y “escuchar”. Se juega con un dominó de mentiras que se está transformando en el mármol lapidario de una política llena de ruidos, tacos, insultos y humillaciones que van amorteciendo y quitando nitidez a nuestra democracia. En el pecado........
