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Juan Pérez de Mungía: «Envidia de la virtud: el motor de la corrupción»

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23.05.2026

Juan Pérez de Mungía: "Iglesia y poder"

Juan Pérez de Mungía: "Slava Ukraini"

En la sociedad capitalista, como señalaba Erik Olin Wright, ya no impera el viejo esquema marxista de capitalistas que gestionan directamente sus empresas en busca de beneficio frente a una clase obrera explotada. Ha venido a ser substituida por una clase emergente de burócratas en el Estado y de gerentes que administran bienes ajenos a corto plazo. Los grandes propietarios han devenido en gerentes de un capital controlado por fondos de inversión e inversores anónimos y dispersos que buscan incrementos de su patrimonio sin apelar a ninguna ética y desconocen la gestión. Entretanto, la clase obrera tradicional y sus mandos y profesionales intermedios decrece con un proceso de automatización que acaba con el empleo en la prestación de servicios bajo demanda y la transformación de la gestión con la inteligencia artificial. Un proceso que amenaza cualquier posición que no esté blindada por redes clientelares tan complejas e inalcanzables para el común.

Ese vaciamiento de las clases dirigentes del viejo régimen, ha sido ocupado con fuerza por una casta burocrática de funcionarios públicos, y políticos venales en el ámbito público, y por una suerte de gerentes cuya posición se mide por el beneficio que obtienen de las entidades que administran. Gerentes que viven de espaldas a la sociedad, administrando recompensas que se otorgan a sí mismos. En una escala desordenada e irracional de retribuciones, burócratas y gerentes, votan sus propios salarios en ayuntamientos, y comunidades, en el Congreso y en el Senado sin mayor control que la crítica social que puedan merecer cuando trascienden a la opinión pública sus ingresos y desvaríos. Burócratas y gerentes de corporaciones que están blindados por redes clientelares que sustituyen el mérito y la competencia por relaciones de confianza, y relaciones de subordinación que obligan a la entrega de los reconocimientos de quienes los merecen, a sus protectores. En ausencia de un mercado abierto a la competencia, los burócratas que controlan las instituciones se enquistan en su estructura de poder, administrando por entero sus intereses sin reproche público. Ni las instituciones ni las empresas tienen un propósito por sí mismas, los tienen quienes controlan sus decisiones. Ni corporaciones ni instituciones delinquen —societas delinquere non potest—, sus burócratas sí.  Los burócratas, los gerentes, en suma, quienes controlan las instituciones, los partidos y los órganos de participación política vienen a ser controlados por redes clientelares que ignoran el mercado y la sociedad, por igual, al tiempo que ocultan su propia incompetencia. Zapatero y Sánchez, junto a sus esbirros y turiferarios, encarnan esta madeja. ¿Por qué un burócrata protegido por leyes y redes clientelares, que administra inmensos bienes colectivos, no habría de apropiarse de la riqueza ajena, colectiva, si considera que no está retribuido según su importancia y merecimiento?

La amenaza a la democracia viene de dentro: la ocupación del Estado por una casta de pervertidos inútiles, procaces, cutres, y desvalidos, figuras patéticas con un siniestro pasado de fracasos y todos los rasgos de la conducta animal. La tentación es perentoria: “Si he dispuesto de la máxima magistratura, ¿por qué debería........

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