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Israel de la Rosa: «La cobardía»

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Hay muchos tipos de cobardía, tantos como diferentes amaneceres: de cielos despejados, borrascosos, envueltos en espesa bruma, enmarcados entre tiernos arreboles, entre algodonosas nubes de azúcar… Pero podrían agruparse estas cobardías, como los amaneceres, en curiosos y variados géneros. La cobardía del soldadito que tiembla con los lejanos rumores de la guerra, por ejemplo. Es una cobardía clásica, ennoblecida en miles de novelescas ilustraciones, recubierta también por la romántica pátina que proporciona el decoroso sentimentalismo: «No dispararé a un ser humano, no haré daño a un enemigo que ni siquiera conozco.» En esta categoría, menospreciando la gravedad bélica, podríamos incluir la cobardía del niño que no logra reunir el valor para enfrentarse al abusón, al chiquillo grandullón, con cara de merluzo, que le robó el almuerzo.

Tenemos asimismo la cobardía de una madre. Cobardía genérica, sutil, delicada, cobardía enteramente amorosa: visceral, paralizante terror al futuro, a que su niño despliegue mañana las alas y eche a volar hacia remotos territorios, lejos de su falda, de su materno dominio. Qué le importa a una madre el éxito profesional de un hijo: «¡Y por fin hemos logrado, en el laboratorio, identificar la molécula…!» «¿Has comido?» El éxito profesional de un hijo va asociado irremediablemente al sobresalto, al susto, a las tenebrosas maletas, a coger la puerta una mañana de primavera y subirse a un avión del demonio. La molécula y el moléculo. Lo que una madre quiere es saber a qué hora va a llegar a casa, si ya ha cenado, si se ha llevado el paraguas, si lo de aquella muchacha va en serio o no. Su niñito amado y adorable de cuarenta y nueve años, a quien se desvela por planchar la camisa.

La cobardía del obrero, el buen empleado mal recompensado, que se duele secretamente y con razón de sus heridas abiertas, de esos esfuerzos honestos mal pagados, caídos durante años en el........

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