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Israel de la Rosa: «La bella y la momia»

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17.08.2026

Para que este artefacto literario funcione, esta suerte de irreverente crítica social —trazada, una vez más, sin ningún talento—, debemos asumir necesariamente unas reglas sencillas: identificaremos a la bella como a una dama de entre veinte y veinticinco años, treinta a lo sumo, y a la momia como a un caballero tristemente marchito, ajado ya en su hombría, desmoronada su lejana lozanía, granito de café demasiado tostado al implacable fuego de los años. Este seminuevo arquetipo sentimental, este tándem amoroso y grotesco tan afianzado hoy en el noble paisaje urbano, que el Hollywood más casposo se empeña en espolvorear con el dulce confeti del glamur y la conveniencia, se ha convertido a fuerza de revistazos purpúreos casi en el paradigma único del idilio de moda.

No obstante, la naturaleza y las costumbres son muy tercas, y el más decente sentido común no siempre se presta a la tolerante creatividad del amor apasionado, y ocurre en ocasiones que hasta un metre curtido en todo tipo de sorpresas y aventuras, hasta un jefe de sala con el ojo bien entrenado mete la pata hasta el fondo del cubo, y se originan embarazosos incidentes: «¿Es su nieta, don Francisco?» «Es mi señora.» «Pasen por aquí. Les he reservado una coqueta mesita junto a la ventana…, preciosas vistas de la catedral…» Y no se ha inventado aún martillo capaz de quebrar semejante hielo. El ambiente se tensa, la risita de los camareros se vuelve peligrosamente audible, el bochorno colorea las mejillas tirantes y apergaminadas de la momia.

Pero puestos a incidir en el bochorno, delito estético sería menospreciar esa mayúscula tomadura de pelo, esa teatralizada y vergonzosa confesión del amor a primera vista con que la bella suele describir los argumentos de su romance: «Me miró así, con esos ojazos —dice la muy cretina,........

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