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Mi abuela y el Librón

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Mi amigo Abel Aparicio escribió un libro, ¿Dónde está nuestro pan?, consistente en tres relatos en torno a las penurias, luchas y heroísmos de las mujeres de las cuencas mineras leonesas, basados en historias reales, que le habían contado mujeres reales también, vivas aún. Tuvo un éxito bárbaro, vendió miles de copias no solo en León, sino por toda España; Abel ha hecho innumerables presentaciones por todo el país, y seis años después todavía sigue haciéndolas. Pero las cosas más emocionantes le ocurrieron en la pequeña comarca en la que se ambientan las historias: la antigua cuenca minera del Tremor, en una esquina de El Bierzo. Cosas como el mural que hoy puede verse en la aldea de Almagarinos, reproduciendo la fotografía de la portada del libro: una instantánea en blanco y negro, de tres mujeres sonrientes posando con un vagón de mina, en un pozo; y que al acto de inauguración acudiera Libertad Aurora, una de las protagonistas de los relatos, fallecida ya, pero que aún vivía en 2021, y a la que era muy emocionante verla emocionada por aquel inesperado regalo tardío de la vida. Había tenido una biografía asombrosa, sin darse cuenta de ello; y se lo descubrió Abel, que la conoció casi por casualidad un día que hacía una ruta en bici por aquella zona. Siempre cuenta Abel que ella le decía que su vida no era interesante. El éxito del libro le demostró que se equivocaba, y hasta qué punto. Y eso tan hermoso es la literatura.

Los libros cambian el mundo. No lo cambian como dice que lo cambian cierta cursilería bibliófila. No hacen revoluciones, no demuelen épocas. Contribuyen a ello como tantas otras cosas, pero ningún libro por sí solo ha tenido ese efecto; ninguno ha sido eso que se dice de tantos: imprescindible. Los nazis hubieran existido y triunfado y perpetrado sus tropelías también si no hubiera existido el Mein Kampf, y si un volumen de páginas impresas les sirvió de pedestal o de trampolín, fue menos ese que el de los libelos antisemitas. Un solo libro no cambia el mundo, unos cuantos cientos de hojas volanderas sí que pueden cambiarlo. Pero los libros sí cambian mundos, en plural; mundos pequeños; vidas individuales, memorias, territorios. Somos incapaces de ver La Mancha sin el prisma del Quijote y ya somos incapaces de ver el Tremor sin el prisma de ¿Dónde está nuestro pan? Y eso es mucho más hermoso. Es bueno que el mundo sea lo suficientemente robusto para resistir el embate de un solo libro; que haya que esforzarse un poco más y más gente hacer más cosas para tumbarlo. Pero es hermoso que un libro pueda cambiarle la vida a alguien, o a algo.

El más preciado que yo tengo en mi biblioteca es un libro grande que había en casa de mis abuelos y que, publicado por el diario El Liberal en 1897, ofrece una Vuelta al mundo de la Estación del Mediodía á la del Norte vía Suez y Chicago, con 320 «magníficos fotograbados de los sitios más importantes de las cinco partes del mundo». Me gusta abrirlo al azar. En cada página, una fotografía grande y, debajo, un pequeño texto, del que me divierten los monosílabos acentuados. «JERUSALEM.—Lo primero que se visita es la iglesia del Santo Sepulcro, sitio que ha dado lugar á las más apasionadas y violentas discusiones». «NÁPOLES.—Vedi Napoli e poi mori.—Esto dicen los napolitanos para significar que su población no encuentra rival en el mundo en lo tocante á belleza». «MOSCOU.—Los viajeros que han podido admirar el Kremlin en Moscou á la pálida claridad de la luna, refieren que el espectáculo excede en belleza á cuanto pueda imaginarse».

Mi abuela contaba que, en su casa, en una aldea asturiana, cuando ella y sus cinco hermanos eran pequeños, había un viejo anuario ilustrado de la revista Blanco y Negro que les maravillaba, y al que llamaban el Librón. Y sus padres, mis bisabuelos, cuando se portaban bien, les premiaban permitiéndoles hojear el Librón. Yo, cuando hojeo este otro Librón y me recreo en sus fotograbados, siento —siento que siento— por un momento aquella fascinación, la misma, transmigrada de un siglo a otro y de uno a otro lugar, «trepando por los siglos y los huesos» que decía Ángel González. Mi abuela, en su Librón, se asomaba a otros mundos, y yo, en el mío, me asomo a otros tiempos, pero el aura benjaminiana —«la súbita aparición de una lejanía»— refulge del mismo modo, nos deslumbra idénticamente. Ella tenía un libro en su casa de aldea, yo tengo cientos, pero los tengo tal vez porque mi abuela, que solo tenía un libro, volcó huesos abajo el ansia de tener muchos y de leerlos. La luz del Librón se derramó sobre mí y por eso me gano la vida escribiendo, y tengo esta columna, y estoy escribiendo esto. Porque un día me abuela se portó bien, y le dejaron ver el Librón.


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