Radicalizar la apuesta ante la ola reaccionaria
Cada cita electoral previa a las elecciones generales nos confirma el tránsito de la política española por una senda que poco a poco vamos aceptando como inevitable. Los últimos comicios en diferentes comunidades autónomas (Extremadura, Aragón y Castilla y León) certifican que España no es ajena al viraje global hacia la derecha cada vez más extrema. Y que, a pesar de la excepcionalidad de nuestro gobierno central en un tablero global arrasado por las derechas, puede que sea tan solo cuestión de tiempo sucumbir nosotros también a la llegada al poder de extrema derecha.
Las últimas elecciones en Castilla y León han sido especialmente crueles, expulsando del juego a las formaciones a la izquierda del PSOE y apuntalando la crecida y estabilización de Vox, imprescindible ya para cualquier gobierno del PP. Vuelve el bipartidismo de toda la vida, pero con un PSOE desgastado por sus dos legislaturas al mando (a pesar de su crecida a costa de sus socios de la izquierda) y sometido a una campaña de acoso y derribo inmisericorde, y un PP cada vez más radicalizado y con su parásito fascista cada vez más demandante, más bien dotado económicamente, con cada vez más alianzas internacionales y cada vez más maduro.
Que Vox no haya crecido lo que algunos esperaban no implica que haya perdido nada. Más bien se consolida, se acomoda, se normaliza. En la formación ultra lo saben y no tienen prisa. Han sabido jugar bien sus cartas siendo imprescindibles para el PP, pero sin mancharse de barro en los gobiernos que han apoyado. Ahí están indemnes tras la DANA a pesar de haber apoyado al negligente gobierno valenciano sin ser parte de él. El poder de negociación desde esa posición ha sido mucho más efectivo que el que han tenido las izquierdas que apoyaron al PSOE y aceptaron gobernar en coalición. Al final, el quemazo se lo han llevado estos partidos, y el PSOE ha recogido sus cenizas como voto útil. Vox........
