Matronas: la vida en juego
Mi abuela era matrona, la primera titulada de Andalucía y casi de España entera -si hacemos caso a la leyenda familiar-.
Ya será menos, pero sin duda su periplo -como el de muchas de esa época- da para libro, película o serie de temporadas infinitas. Sería otro Cuéntame de una España más profunda y pobre, más triste y seca, menos peliculera y más herida.
Nació y se crio entre Hinojales y Huelva. En el pueblo sus opciones eran nulas, teniendo en cuenta que no le gustaba el campo ni quería ser solo esposa. En la capital, sus tías sin hijos -que la medio adoptaron algunos años- le enseñaron a tocar el piano, tenían libros y una vida social que le interesaba.
Cuando su madre la obligó a volver a su lado para ayudarla con el porrón de hijos que la siguieron se acercó a la Iglesia porque era el único lugar en el que tenía acceso a música y a libros.
El caso es que se empeñó en estudiar y su padre la apoyó. Con veinte años se fue sola en burro a Huelva y de ahí en tren a Cádiz, donde se examinó y consiguió dos títulos: el de enfermera y el de matrona.
Le dieron plaza en Jabugo. Allí se enamoró y tuvo siete hijos con un señorito que resultó estar enfermo del corazón y que la dejó viuda diez años después de la boda.
Se mudaron a Sevilla para que el futuro de sus hijos no fuera solo “amarrar chorizos”, decía ella.
Consiguió hacer sustituciones por toda la ciudad. Cuando el parto salía bien la sacaban en hombros. Si salía mal, su vida corría peligro. Más de una vez se llevó, además del disgusto, mucho miedo y unos cuantos golpes.
En cuanto pudo se dedicó más a la enfermería en hospitales y consultas. Traer niños al mundo era profesión de riesgo. Así que abandonó su vocación por proteger su integridad y el salario que sustentaba a su familia.
La semana que viene, el 5 de........
