Negociaciones Líbano-Israel: anatomía de una farsa diplomática y preámbulo de una guerra civil
El enemigo no distingue entre chiíes, suníes, cristianos, drusos o ismailíes. El proyecto extremista viene a por todos nosotros. Hassan Nasrallah - mayo de 2015
Las conversaciones abiertas entre el gobierno libanés y el régimen israelí bajo la mediación del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, se nos han presentado como un ejercicio de diplomacia orientado a la estabilidad regional. Un análisis con un mínimo conocimiento de la estructura de las relaciones de poder en el Líbano y de la trayectoria histórica del expansionismo israelí permite situarlas dentro de una estrategia de reconfiguración geopolítica de la región, impulsada y ejecutada por la entidad colonial israelí en coordinación con los Estados Unidos de Trump. Esta estrategia actúa sobre tres planos simultáneos —militar, económico y político— con un objetivo central: alterar el equilibrio interno libanés para desarticular la principal fuerza de resistencia y disuasión frente a la ocupación, Hezbolá.
El punto de partida de este análisis reside en la naturaleza del Estado libanés. El sistema confesional, formalizado tras la independencia y consolidado mediante el Acuerdo de Taif, institucionaliza una distribución del poder basada en una fotografía demográfica de 1932. Esta estructura otorga la presidencia a un cristiano maronita, la jefatura del gobierno a un suní y la presidencia del parlamento a un chií. La persistencia de este esquema ha permitido a las élites conservar posiciones de poder a lo largo de décadas, apoyándose en redes internacionales que enlazan con antiguas metrópolis coloniales, como Francia, y con actuales potencias regionales, como Arabia Saudí. El resultado es una arquitectura estatal que reproduce equilibrios históricos y limita la expresión política de las mayorías sociales actuales.
En este marco institucional, el Estado libanés presenta una capacidad reducida para ejercer soberanía efectiva. La prolongada crisis económica, la degradación de infraestructuras esenciales y la fragmentación del aparato administrativo han debilitado su legitimidad. En paralelo, Hezbolá ha desarrollado una estructura que articula defensa territorial, provisión social y representación política, consolidando una base de apoyo significativa en amplios sectores de la población, sin distinción de confesión religiosa. Su papel en la retirada israelí del sur del Líbano en 2000 y en la victoria sobre el régimen sionista en la guerra de 2006 configura una legitimidad anclada en la experiencia histórica de resistencia.
La exclusión de Hezbolá de las negociaciones responde a una lógica precisa. El proceso promovido en Washington persigue reordenar el equilibrio interno del Líbano mediante la convergencia entre intereses estadounidenses, israelíes y sectores del aparato estatal libanés. Las declaraciones del embajador Yechiel Leiter sitúan al gobierno libanés y a Israel “en el mismo lado de la ecuación”, definiendo el conflicto como una cuestión interna libanesa vinculada a la influencia iraní. Esta formulación desplaza el eje del conflicto y legitima una agenda centrada en el desarme de la principal fuerza de resistencia.
Sabra y Shatila: la matriz histórica de la alianza entre élites maronitas e Israel
La comprensión profunda de esta estrategia requiere situarla en continuidad con episodios clave de la historia libanesa. Las masacres de Sabra y Shatila constituyen un punto de inflexión que ilustra la articulación entre actores locales y potencias externas en la producción de violencia política. En septiembre de 1982, milicias de la Kataeb (la falange cristiana libanesa) y de las Fuerzas Libanesas penetraron en los campos de refugiados palestinos bajo el control y la cobertura del ejército israelí, entonces dirigido por Ariel Sharon.
La participación de sectores maronitas en estos acontecimientos se inscribe en una trayectoria política concreta. La Kataeb, fundada por Pierre Gemayel, se inspiró en movimientos nacionalistas europeos de entreguerras, adoptando elementos organizativos y simbólicos propios de la extrema derecha de la época. Su proyecto político articuló una visión del Líbano como entidad diferenciada del entorno árabe, con una orientación estratégica hacia Occidente. Esta orientación favoreció la construcción de vínculos con Israel, especialmente a partir de la década de 1970, cuando convergieron intereses en la confrontación con organizaciones palestinas y fuerzas de izquierda libanesas.
Durante la guerra civil libanesa, estas alianzas adquirieron una dimensión militar directa. Israel proporcionó apoyo logístico, entrenamiento y cobertura operativa a milicias maronitas que actuaban como fuerza aliada en el terreno. La masacre de Sabra y Shatila sintetiza esta relación: la coordinación entre el ejército israelí y las milicias maronitas permitió la ejecución de una operación de exterminio dirigida contra población civil palestina. Este episodio consolidó un patrón de interacción en el que actores locales desempeñan funciones de intermediación en estrategias regionales más amplias.
La memoria histórica de aquellos dramáticos hechos adquiere una especial relevancia en el presente y resulta determinante para entender los movimientos que se están dando y los que se van a dar. Las dinámicas actuales muestran elementos de continuidad en la articulación entre sectores del sistema político libanés y estrategias impulsadas desde el exterior. La presión de Israel para desarmar a Hezbolá tiene el mismo objetivo que el de destruir la República Islámica de Irán, es decir, acabar con toda resistencia a su expansión colonial en la región y llevar a cabo la implementación de su proyecto supremacista histórico: la creación del “Gran Israel”. El mecanismo para este objetivo en la política interna del Líbano se inscribe en una lógica que busca reconfigurar el equilibrio interno mediante la activación de alianzas confesionales y la utilización de tensiones comunitarias.
La dimensión militar de esta estrategia se manifiesta en la aplicación de patrones operativos que combinan bombardeos intensivos, destrucción de infraestructuras y desplazamientos masivos de población. Estas dinámicas generan transformaciones en la distribución territorial de las comunidades, alterando equilibrios que constituyen la base del sistema político libanés. El desplazamiento forzado de poblaciones chiíes desde el sur hacia otras regiones busca generar tensiones en espacios urbanos y rurales con composiciones confesionales diversas.
Relacionado con este tema
La prensa extranjera cuestiona al Ejército de Israel por manipular la foto de un periodista asesinado
Este proceso actúa como un mecanismo de presión social que incide en la percepción del conflicto dentro del propio Líbano. La carga económica y social derivada de los desplazamientos favorece la aparición de discursos que responsabilizan a la resistencia armada de la situación, reforzando narrativas alineadas con los objetivos estratégicos de Israel. La instrumentalización de estas tensiones conecta con precedentes históricos en los que las fracturas internas han sido activadas para reconfigurar el poder político.
En el plano regional, la desestabilización del Líbano responde a una lógica de fragmentación que facilita el control indirecto de territorios. Un país atravesado por conflictos internos reduce su capacidad de intervención en escenarios regionales y debilita las redes de articulación política y militar que conectan a Irán, Iraq, Siria y los territorios palestinos. Esta fragmentación tiene implicaciones directas en la correlación de fuerzas en todo Oriente Medio y Próximo, reforzando la posición estratégica de Israel.
Las negociaciones “promovidas” por Washington adquieren así un significado preciso dentro de este entramado. Funcionan como un instrumento de legitimación política de una estrategia que combina coerción externa y reconfiguración interna. La debilidad del gobierno libanés facilita la adopción de decisiones alineadas con esta agenda, mientras la exclusión de actores centrales del sistema político real del país limita la posibilidad de construir soluciones sostenibles.
La trayectoria histórica del Líbano muestra que las dinámicas sectarias, una vez activadas, generan procesos de escalada difíciles de revertir. La memoria de Sabra y Shatila, junto con la experiencia de la guerra civil, forma parte de una conciencia colectiva que reconoce los riesgos asociados a la instrumentalización de las divisiones internas. En este contexto, el intento de imponer un rediseño del equilibrio político mediante presión externa y exclusión de actores fundamentales configura un escenario que se asemeja a una bomba de relojería.
El futuro del Líbano se sitúa en una encrucijada marcada por estas tensiones. En esa interacción se decide el equilibrio de Oriente Medio y la configuración del orden regional en las próximas décadas.
Relacionado con este tema
Israel mata a al menos 35 personas en el Líbano pese al comienzo de las negociaciones
En Irán y en el Líbano está hoy en juego si el movimiento sionista continúa avanzando en su proyecto supremacista y colonial del “Gran Israel” o si los pueblos pueden aspirar a ser soberanos y tomar decisiones sin tutela, supervisión ni imposiciones externas.
