El realismo de querer cambiarlo todo
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La frase, atribuida al filósofo marxista Fredric Jameson y popularizada por mi admirado Mark Fisher, lleva revoloteando en mi cabeza durante todo este verano.
Probablemente porque llegamos a las puertas de un curso político que, para la izquierda, se presenta a todas luces intenso y decisivo. Quizá también porque este verano he tenido la oportunidad de reencontrarme con amigos, amigas, familiares y compañeros de vida, personas muy distintas, con trayectorias vitales y políticas también muy diferentes: algunos tienen una tradición marxista o anarquista; otros votaron al Partido Socialista; otros simplemente se sienten de izquierdas. Pero en muchas de esas conversaciones ha aparecido una preocupación compartida. Nos miran. Esperan que hagamos algo. Que la izquierda sea capaz de ofrecer alguna respuesta ante el oscuro panorama.
Y, sobre todo, porque tras todas esas conversaciones veraniegas que me han acompañado y sobre las que he tenido oportunidad de reflexionar más a fondo de lo que la rutina habitual nos permite, comienzo a sospechar seriamente que el mayor problema de la izquierda en este momento es la falta de esperanza en que podamos trascender el orden actual. En la última década hemos ido perdiendo algo más que elecciones, representación institucional o capacidad de influencia. Hemos perdido la confianza en que la realidad pueda ser transformada en términos de igualdad y reparto de la riqueza. Esta derrota es más profunda que un mero batacazo electoral. Porque, ¿cómo convencer a otros de que las cosas pueden cambiar si quienes aspiramos a cambiarlas hemos empezado a dejar de creer que sea posible?
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