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Una falsa prioridad nacional

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En la acelerada era del espectáculo, donde brillan, como bengalas, los mensajes más simples, tan propicios al proceso de contra-ilustración que sufrimos, uno ha venido a apuntalar el odio y llenar titulares mientras la complejidad del mundo se desliza por el sumidero mediático. Se trata de "prioridad nacional", eslogan falaz y farandulero, popularizado a raíz de los respectivos acuerdos de gobierno en Aragón y Extremadura. Escribiendo yo desde Andalucía –cuyos comicios están al caer– observo las barbas del vecino cautelosa mientras las colas de inmigrantes que persiguen regularizar su situación se suceden en los ayuntamientos más próximos. Y se me ocurren prioridades más urgentes a la hora de mejorar nuestro país: defender a capa y espada un "No a la guerra" que pugna por el cumplimiento del derecho internacional y la soberanía de los pueblos; reforzar la sanidad pública para que atienda a la gente de la manera más eficaz y rápida posible; o eliminar nuestra dependencia de una oligarquía tecnológica extranjera que gestiona nuestros datos más íntimos y –como demostró Zuboff– moldea nuestros comportamientos. Todo lo anterior contribuiría a ensalzar una España que, siendo, por qué no, patria querida, no caería en la fosa séptica de la moral. Por desgracia, la “prioridad nacional” de la que se está hablando es otra muy distinta, pues obedece al intento de legitimar la discriminación de forma, además, tan populista y confusa que resulte difícil contraargumentar. Aquí lo vamos a intentar.

En primer lugar, destaca el uso interesado de un nacionalismo confeccionado con plagios de mantras foráneos: Jean-Marie Le Pen lanzó misivas similares hace varias décadas y, en Estados Unidos, el “America first” ha ayudado a impulsar una serie de medidas que cada día perjudican a sus paisanos; por ejemplo: la subida del precio de los carburantes o del paro, el recorte de sus ya exiguas prestaciones sociales, o una campaña de deportaciones y detenciones sin cargos con el ICE a la cabeza. Parece que, mientras más se la iza como bandera inexpugnable, la nación encoge para quedar reducida exclusivamente a los intereses de una élite. Qué pequeñas son las fronteras, entonces, y qué grande es el altavoz de la maldad. Por otra parte, al vincular ese patrioterismo falsario al arraigo, se asume la exclusión de los españoles del éxodo y del llanto, parafraseando el bello poemario de León Felipe. España es un país que, cada cierto tiempo, expulsa a sus coterráneos por motivos económicos o ideológicos, muchas veces entreverados. Sólo en el último siglo, se han producido tres oleadas de destierros: tras la Guerra Civil, en los años 60, y durante la crisis de 2008-2009. Yo misma no he podido asegurar esa residencia fija en mi lugar de origen hasta hace muy poco. Así que cabe preguntarse: ¿un autóctono que emigra se vería privado de servicios básicos al regresar, puntual o definitivamente a casa?, ¿en eso consistiría tal alarde de españolismo?

Pero vamos a darle otra vuelta de tuerca al vapuleo manipulador de la rojigualda: el año pasado España recibió 97 millones de turistas extranjeros, una cifra escalofriante que, más allá del desembolso monetario, invita a considerar problemas como la gentrificación de nuestros barrios, la destrucción del patrimonio cultural y los lazos afectivos vecinales, o la sobrecarga estacional de los servicios públicos. Vaticino que muchos ciudadanos abrazarían la posibilidad de que la manida “prioridad” implicase librarnos del proceso por el cual nuestros centros históricos acaban siendo parques temáticos y el supermercado del barrio se transforma en una tienda de souvenirs. Se terminarían el runrún insoportable de maletas, los menús de precio prohibitivo en los restaurantes, o el código que pide el candado del apartamento donde ya no vive nadie. ¡Qué maravilloso ejercicio de nacionalismo! Pero, lamentablemente, tampoco el enfoque es ése. Más bien, estamos asistiendo a la intención de perpetrar un atentado semántico, de azuzar el conflicto social y propagar el miedo, de criminalizar al diferente por mucho que históricamente hayamos sido un país de condenados al ostracismo. Del otro lado, quienes aterrizan o desembarcan en suelo español suelen hacerlo en circunstancias hostiles, llenos de ánimo trabajador y, en teoría, protegidos por la legislación internacional. La gran mayoría –se nos olvida– desearía no haber tenido que abandonar sus raíces y, desde luego, una vez aquí, no aguantar discursos xenófobos que sólo amplían el dolor que nace con el desplazamiento.

Pero la "prioridad nacional" esconde un último veneno: el hecho de que, una vez abierta la caja de Pandora del odio, del racismo, resulta casi imposible cerrarla. Porque, al margen de las políticas concretas, las palabras calan y crean subjetividades, restringen (o expanden) las lindes del decoro, elevan muros susceptibles de perdurar a lo largo de generaciones. Un día –recuerden –, dicho muro también impide pasar al más puro de los nacionales.


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